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REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Bob Dylan en el Massey Hall, Toronto, Canada, Abril 1980

¿Ha llegado carta?
EL MISTERIOSO BOB ENVIÓ UNAS PALABRAS
¿Estuvo en Suecia el Oráculo de Delfos?


ROLANDO Gabrielli©

La antesala

¿Qué dirá Bob Dylan en su discurso durante el banquete del Nobel en Estocolmo? ¿Unas cuantas palabras formales, ceremoniales, para salir del paso y cumplir con la tradición del emblemático lauro? ¿Quién le convenció a cumplir con el protocolo, después de un largo silencio y excusas sobre compromisos previos? ¿O quizás cuestione que la rueda del mundo está atascada frente al abismo?  

¿O dirá que el pasado tritura el presente como si el futuro fuera una rebanada de queso? Hay que conocer la trayectoria de un hombre, para entender su voz. Hay un Dylan que no se gasta en el olvido. De ninguna manera se puede dejar de constatar el hecho de que él ha construido su propia leyenda de equívocos sobre sí mismo. Un primer Dylan es parte de su historia real, imitaba a Charles Chaplin y hacía de payaso. Alguien tan distante, al parecer, a este vaquero huraño del folk rock, que alguna vez dijo que era de New México o Texas, huérfano, inventando una nueva realidad personal, despistando a sus seguidores y entrevistadores. Tal vez quería ser otro o muchos más. No le alcanzaba el doble borgiano, porque lo multiplicaba hasta su propia imaginación. Durante un tiempo prolongado para este tipo de actos y situaciones se hizo el sueco ante la Academia sueca y congeló cualquier respuesta frente al lauro, en su tónica de personaje inefable, que toca distintos instrumentos en sus presentaciones y donde el silencio es su toque personal, maestro, dota de una indiferencia sublime a sus actos de comienzo a fin y deja para respirar una atmósfera donde sólo está su voz arrastrada e instrumentos en el formidable eco de su audiencia.

¿Puso música a la poesía o poesía a la música? El escenario escandinavo se abre como un cisne blanco en la nieve para el festín de la música y la palabra. Un plató especial, quizás haya pensado, pero es un escenario del stablishment, después de todo.    Se callarán los muertos / pero no mi voz / que retumbará entre los vivos / como un ronco tambor / subirá desde los sepulcros / a los cielos inimaginables / la luz infinita se convertirá / en tu universo / No habrá silencio / ni muerto que no se levante / con su propia voz. / Todos somos tránsito / en una misma estación / Ha llegado el silencio / a reclamar su espacio / el tiempo y las horas / a fijar su tiempo verdadero / No hay final / sino un más allá. (RG)

Tiene por espacio el infinito y por tema el aquí y ahora, esas urgencias que el tiempo convierte en sal y agua. Un minuto feliz para colocar la cereza al final del banquete, y poner un poco el dedo en la llaga para que les duela a los indolentes, y sobre a todo, a los “invisibles poderes fácticos” que dicen poderlo todo.

En cualquier mesa pública, y más en un banquete de banquetes, donde los intelectuales y científicos del mundo se banquetean, deben estar los nombres de Afganistán, Irak, Libia, Siria, Palestina, de los pueblos arrasados de África, de aquellos países donde la pobreza adquirió mayoría de edad y no sienten vergüenza, los estados fallidos por mandato de los poderes fácticos, las migajas y miserias de la vida real. Sentados en esa misma mesa, antes del baile de gala, debiera desfilar el gran paisaje de las especies en extinción, de las lenguas en extinción, de las etnias en extinción, de la vida en extinción. Nada que vaya a dejar de existir puede estar ausente. ¿Apocalipsis, now?

¿Qué gran tribuna para no decir nada? ¿Para marcharse con el tic tac mudo de la historia? Debe haber un Big Ben que no sólo dé la hora en inglés. Las manecillas de un reloj son patrimonio de la humanidad en cualquier tiempo y época.

    Los de a pie / los inocentes / los arrinconados en un callejón sin salida, / aquellos que viven en el valle de los caídos / pasajeros de este mundo / quienes están por el pan y la sal de la vida / los distraídos transeúntes de las megápolis / los amantes de los comics / los que caminan con la cabeza gacha / miran al infinito y no ven / los triturados por el sistema / los excluidos / marginados / diferentes / ignorados / pisados / ofendidos / olvidados / usados como carne de cañón / los que se ganan el pan con el sudor de su frente / y no les alcanza / los desplazados / migrantes / exiliados / los que mueren frente a un muro / en el mar Mediterráneo / por un dron en una boda o en el desierto / los decapitados por el Daesh / los desaparecidos / los que vagan en búsqueda de un techo en las noches / los que buscan un plato de comida caliente / las mujeres humilladas en cualquier sitio de la Tierra // los olvidados por olvidar / Todos sin excepción / Bienvenidos a la mesa de un mundo nuevo / por comenzar. (RG)

 


Patti Smith, Concierto de 2014


 
Patti Smith en Estocolmo

El texto ya está escrito y lo envió a la Fundación del Nobel. Sólo se conocerán sus palabras, hasta que las lea públicamente un miembro de la Academia en voz alta cuando los comensales hayan degustado el banquete. Esta responsabilidad protocolar y que esperamos no sea un mensaje retórico para la ocasión, lo leerá Horace Engdahl. Y ha encomendado además, Dylan, a su emblemática amiga Patti Smith, una poeta punk rockera histórica, que cante en su nombre una de sus más emblemáticas canciones: “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”. Pareciera no faltar mucho más, palabras y música, para la fiesta de los sentidos. De eso se trata este nuevo Premio Nobel, una innovación en el pentagrama de los académicos suecos. A muchos ha gustado esta aparente boutade sueca y a otros, no tanto, porque consideran que se trata de un lauro estrictamente literario. Los suecos se hicieron los suecos con estas normas y protocolos aparentes, vinculados a un supuesto género o reglas prisioneras de una tradición que no había sido vulnerada hasta ahora. Nadie pensaba que los académicos nórdicos eran trasgresores.

“A Hard Rain’s A-Gonna Fall” cantará Patti Smith para el mundo en unos pocos días más. ¿Por qué escogió esta canción entre tantas? Sólo el inefable Bob Dylan ha de saberlo. No es una letra para acunar el mundo, dar una palmadita en la espalda al establecimiento (lo estás haciendo bien), no es una letra romántica, son palabras que pueden flotar en el viento, caer a plomo como la lluvia e inundar los corazones de interrogantes. El escenario que describe, dentro de su acostumbrada ambigüedad, de los días previos a la crisis de los misiles del 62 en Cuba, no es distinto al que se perfila en este tiempo y los venideros. Palabras, ideas, atmósferas relatadas con futuro y universalidad: la injusticia, el sufrimiento, la guerra, el dolor.

 
¿Un grito silencioso por la humanidad?


Lo que leo es un grito silencioso por la humanidad y esto es lo que hace grande al gran Bob, su mensaje sin fronteras. No deja de plantarle cara a la realidad, tal vez no se comprometa más que con unas cuantas interrogantes y certezas, pero está para decirlas y avalarlas con su presencia, detrás de sus gafas oscuras, con ese sombrero alón que le da alas a sus palabras y la guitarra que no ha dejado de tocar en más de 50 años.

Para algunos estudiosos de su trayectoria, de los hilos detrás de sus letras, esta canción que homenajeará la fiesta del Nobel, más que un himno, manifiesto sobre el Apocalipsis —aunque fue escrita los días previos a la crisis de Octubre, donde se respiraban los aires de una guerra nuclear—, lo vincula con el Apocalipsis de San Juan. Un texto bíblico controversial, muy conocido por el cantautor, judío, converso católico, según he leído, pero que viene como anillo al dedo, premonitoriamente, más bien un aviso a los hechos en curso, de la crisis de Octubre que mantuvo en vilo al mundo. Estábamos frente a un holocausto contemporáneo a la medida de esa pequeña isla colindante con el gran vecino del Norte, mientras el mundo sudaba pánico y consternación ante esos acontecimientos que volvían a poner a la especie a manos de su propia extinción. El hijo de ojos azules, a quien se dirige el cantante e interroga, es el joven norteamericano y cuyo padre le habló. Dice que vio espadas y pistolas en manos de niños. Cualquier comparación con el Medio Oriente es mera coincidencia y también en casa.

 
El Bob transgresor, como los académicos


El golpe silencioso a la cátedra que da el invisible judío de Minnesota es que Patti Smith no estuvo de acuerdo con que le dieran el Premio Nobel a Bob, y su candidato era el japonés Haruki Murakami. ¿Patti Smith piensam como algunos, que Dylan dejó de ser rebelde? Sin embargo, estará en Estocolmo, quizás como una representante de todos los géneros vanguardistas musicales de una brillante generación y por su intelectualidad. No sabemos, los hilos los maneja el más inefable de los cantantes modernos con una historia larga y brillante.

Ambos cantantes recibieron una fuerte educación religiosa, pero ella, de una condición social y económica mucho más modesta que Bob, trabajó como obrera en una fábrica para ayudar a su familia en pobreza.

Quizás Dylan diga más sin decir nada, tal vez su silencio, su ausencia quizás, el no estar físicamente nos puede decir algo de una época que viaja en el tobogán de las redes sociales.

Ya la suerte está echada, la leyenda del folk rock ha tenido tiempo para meditar y esperemos que no sólo salga del paso y supere la retórica banal del elogio, los cumplidos, o nos haga un modesto selfie de la vida y de sus compañeros de ruta, privando de paso a su generación de la historia, el compromiso, la denuncia, el desencanto, la visión, la letra y canción del futuro.

Ha pasado mucha agua y sangre bajo los puentes desde que abandonó el Medio Oeste rumbo a Nueva York, la capital de los sueños deslumbrantes y de sus inicios que no se detendrían hasta ahora. Lo cierto es que sigue siendo dura, muy dura la lluvia que sigue cayendo de injusticias y terror.

 
El mensajero sigue siendo el mensajero


No son tiempos para aplausos, todo se ha enrarecido desde el medio ambiente a la vida misma, Europa, escenario del Nobel, está en una crisis, ni pasajera ni intrascendente, y algunos capítulos oscuros de su historia los vuelve a repetir, como si la vieja piedra medieval se le hubiese pegado al zapato.

El escenario de los premios Nobel es para la lucidez, un momento y lugar único para este tiempo y los venideros, más cuando se ha vivido como protagonista una historia, la historia del rock, folk, pop, la cultura musical de un país y se ha compartido una época llena de desafíos, de oscuros, brillantes amaneceres.   

Bob Dylan es un sobreviviente de aquellos movimientos que enfrentaron guitarra en mano, con la música y la poesía, el establecimiento, denunciaron el racismo, la guerra de Vietnam, escenario de los sesenta, setenta, que según algunos se repite ahora en una época muy distinta, con diferentes actores, matices, aunque la atmósfera es igualmente asfixiante. Tuvo el talento para adecuarse a los tiempos y mantenerse en la cima. Ya era el Everest antes de ser laureado por Estocolmo, dijo Leonard Cohen, cuando conoció la noticia del Nobel. Él formó, a su manera, parte de esa generación dorada, entró en su segunda juventud, en su propio estilo inconfundible, de poeta y músico siempre renovador. No fue moda, sino Leonard Cohen.

Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, estará en palabras en Estocolmo, el mismo rebelde, inconforme —nunca fue un revolucionario, ni socialista, sí un tipo sin etiqueta e impredecible. Sólo este recorrido silencioso pos-Nobel y su ausencia a la reciente cita de la Casa Blanca retratan su postura ante la vida. No me encasillen, pareciera estar diciendo a gritos, desde la historia y ahora en tiempo presente, aquí y ahora. Tiene anécdotas que superan el presente y son más que simples cuentos, porque descansan en el lugar filoso de la historia y acontecimientos reales. Se la jugó en momentos y escenarios especiales, por ejemplo, cuando recibió el Grammy cantó “Masters of War”, cuya letra es un himno antibélico y el país estaba embarcado en la Guerra del Golfo. Habla de los fabricantes de armas, los tilda de cobardes y les desea la muerte.

 
Conozcan a Dylan, el verdadero Bob


Ya ha tenido desplantes a lo largo de su dilatada carrera artística, este hijo, discípulo, del Viejo Testamento. No debiéramos asombrarnos y no pedirle más a la realidad que su propia realidad. Los más contestatarios murieron o no llegaron al Nobel, y en esa generación fueron los poetas y escritores, como Ginsberg, Kerouac, Ferlinghetti, Burroughs, una generación que no dejó de aullar, gritar su verdad y, en términos progresistas, la encabezó Allen Ginsberg.

    Allen, Allen / nadie puede gritar más que el horror / no hay más tiempo para inhalar / que el fuego cruzado, el plomo con uranio enriquecido / la muerte en todas sus dimensiones desconocidas / cabezas que ruedan por el desierto / drones que revientan tus vísceras / Estas no son las calles de los sesenta / ni el manicomio del establecimiento / se muere antes de nacer si es preciso / pero se muere. Cero rock / la muerte va en serio. (RG)

Definitivamente los beatnik incomodaron al sistema porque fueron un movimiento contracultural, antimaterialista, anticapitalista y antiautoritario, antisistema. Buscaban reflejarse en el yo interior, ser mejores abandonando lo material y las reglas que imponía el sistema.

Cayó el telón de los cincuenta y tanto, sesenta y setenta, pero la historia pareciera circular como las viejas ruedas medievales y vuelve a girar ida y vuelta, una y otra vez, y un hámster superdotado la guía al compás de los tiempos modernos.

    Niños de Siria

    Por qué nos roban la luz y el porvenir / Por qué quieren borrar la memoria / y en un espejo roto mirar nuestra infancia / Dime si aún te preguntas / ¿dónde has estado, mi joven querido? / Todo ha quedado al parecer / en viejas palabras olvidadas / enmohecidas celdillas vacías / sin luz ni memoria. / Un abismo quisiera subir / a rezarnos / un futuro sin ojos / ni oídos / un tiempo mutilado / Qué mundo se ha instalado / en el mundo / 2016 no acabará de matarnos / Príncipe del Pop / Rey de un nuevo rock / Alteza real del folk / Qué bárbara civilización / nos pulveriza / Voy a jugar en el patio de la muerte / el teatro de la guerra / a no ver tu rostro / tu rostro blanco de papel / que algún día desaparecerá / entre tantos muertos / que la muerte se lleva / entre sus fantasmas / y estas runas que crecen / por jardín / y paisaje. (RG)

 



Retrato de Bob Dylan por Stefan Kahlhammer


 
Del epilogar

Todo lo escrito anteriormente fue dicho antes de que Patti Smith cantara en Estocolmo “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”. El oráculo de Delfos lo sabe, porque lo vio, y si alguien prefiriere ignorar esta afirmación debe consultar con Homero. Podría concluir aquí y estaría casi todo dicho por mi parte, pero hubo dos discursos, uno de Bob Dylan y otro de la Academia. Antes debo explicar que, desde que recibió el premio, con largos intervalos, he intentado descifrar al indescifrable Bob Dylan, que probablemente él mismo no se conozca. Una aproximación al personaje siempre es un éxito. La obra siempre estará sobre un artista, aunque ambos son indisolubles, porque dependen de sí mismos.

El anuncio de que Bob Dylan no asistiría a pronunciar su discurso era real, no fue. Lamentó, en unas palabras que envió para ser leídas, no estar presente, pero sí dijo en espíritu. Hizo memoria cuando recibió el lauro y recordó: “Yo estaba de gira cuando recibí esta sorprendente noticia y me tomó varios minutos procesarla completamente. (…) Como Shakespeare, estoy demasiado ocupado persiguiendo mis empresas creativas como para lidiar con todos los aspectos de la vida mundana. ‘¿Quiénes son los mejores músicos para estas canciones?’ ‘¿Las estoy grabando en el estudio correcto?’”.

“En ningún momento tuve tiempo para pensar: ‘¿Mis canciones son literatura?’”, señaló aludiendo tal vez a las críticas de algunos escritores consagrados, y agradeció a la Academia sueca que lo haya hecho por él.

Dijo que no podía expresar con palabras ese sentimiento que se tiene de saber que comparte honores con tan grandes escritores a nivel universal, a quienes leyó en su juventud con admiración, y citó a Rudyard Kipling, George Bernard Shaw, Thomas Mann, Pearl S. Buck, Albert Camus y Ernest Hemingway.

 
¿Dónde están los chicos beat?


En sus breves palabras, donde se asocia a Shakespeare en la cotidianeidad de este oficio de hacer arte, poesía, teatro, de prepararse para los escenarios, olvidó completamente a su generación, amigos, con quienes compartió las carreteras de la vida, las canciones, compromisos, denuncias, toda una época, la historia profunda de la cultura popular musical norteamericana que se ha evaporado de sus palabras en el banquete del país escandinavo. ¿Dónde está Ginsberg, Bob? ¿Kerouac, Bob? ¿Burroughs, Bob? ¿Dónde están los chicos beat, Bob? ¿Joan Baez, Bob?

Todo artista genial evoluciona, sin duda Dylan no es la excepción, busca, crea nuevas cosas, innova, recrea, bucea, y a pesar de este gran recorrido por la cultura musical popular norteamericana, sus años dorados son los sesenta y detrás de Bob está la sombra de Joan Baez, una de las más destacadas intérpretes del folk de esa época, quien puso a volar a su amado Bob. Cuando rompieron el idilio, algo perdió Dylan, no la fama que siguió subiendo como espuma, pero hay otras cosas irreparables que se quiebran en el camino como si no supiéramos que el cristal requiere de un cuidado especial. (“Eras tan bueno con las palabras y manteniendo las cosas ambiguas…”, le canta Joan Baez a Bob en una despedida de final triste).

Hay que leer a Bob Dylan en inglés, en su idioma original, como a cualquier poeta, porque la poesía es intraducible y el legendario compositor de Minnesota no es la excepción, tiene un lenguaje ambiguo, muy críptico a veces, lleno de aparentes baches, silencios, pausas, mensajes que su propio autor se resiste en reconocer.

Por alguna razón escogió una canción emblemática de los sesenta para que interpretara Patti Smith. ¿Tomó distancia del futuro? ¿Del relámpago tecnológico al que se subió en algún momento de su dilatada carrera? ¿Nos quedamos en los sesenta? No, todo evoluciona, pero la historia pesa como un arpón en el lomo de un tiburón. No todo en la vida de un autor, cantante, puede ser protesta ni compromiso social, el mayor de todos los deberes de un artista es con la obra, la música, la poesía de calidad, la trasgresión si es posible, cambiar el ritmo a las palabras. Algo de eso dicen que hizo, en sus buenos tiempos, Bob.

Sus letras cuentan otras cosas que le vienen bien a la gente en cualquier parte del mundo y eso lo convierte en universal: “Que tus manos no descansen / Que tus pies nunca desmayen / Que tus cimientos sean fuertes / Cuando soplen nuevos vientos / Ten el corazón alegre / Y que suene tu canción…”: “Forever Young”.

Queremos creer que la Academia lo premió también por “The Times They Are A Changin”, y no es sólo volver a los sesenta, porque el pasado se ha convertido en un presente continuo en este agitado siglo:

    Vengan, gente, reúnanse,
    dondequiera que estén
    y admitan que las aguas
    han crecido a su alrededor
    y acepten que pronto
    estarán calados hasta los huesos,
    si creen que están a tiempo
    de salvarse
    será mejor que comiencen a nadar
    o se hundirán como piedras
    porque los tiempos están cambiando.
    Vengan escritores y críticos
    que profetizan con vuestra pluma
    y mantengan los ojos bien abiertos,
    la ocasión no se repetirá,
    y no hablen demasiado pronto,
    pues la ruleta todavía está girando
    y no ha nombrado quién
    es el elegido
    porque el perdedor ahora
    será el ganador más tarde
    porque los tiempos están cambiando.

No es una letra sembrada a los cuatro vientos sin ton ni son. Apunta a un estado de cosas nauseabundas, al establecimiento, a los inminentes y radicales cambios, a que los vientos soplan tempestades, no es un Bob Dylan contemplativo, un observador a distancia, y hace algunas advertencias.

    Afuera hay una batalla
    furibunda
    pronto golpeará vuestras ventanas
    y crujirán vuestros muros
    porque los tiempos están cambiando.

 
Volvamos a Bob en Suecia


Supongo que cualquiera que esté escribiendo un libro (volvamos a Bob en Suecia, ausente) —señaló en sus palabras—, un poema o una obra de teatro en cualquier parte del mundo podría albergar ese sueño secreto en su interior de aspirar al Premio Nobel. Probablemente ese sentimiento esté enterrado tan profundamente que ni siquiera saben que está allí, precisó quien diecisiete años después de recibir el llamado Nobel de música (el Premio de Música Polar) acaba de recibir el Nobel de Literatura por ambos géneros.

Del otro lado del Atlántico, la Academia sueca interpreta el galardón que otorgó, con un discurso de banquete. La Academia es la Academia y no se va a quedar atrás respecto de sus decisiones, muy discutidas por expertos y profanos. Lo que rompe los esquemas escandinavos es que el Premio Nobel de Literatura es (era) a la palabra. El mismo Bob Dylan se preguntó en sus palabras enviadas a Suecia: ¿mis canciones son literatura? En alguna ocasión afirmó que no pretendía enviar ningún mensaje. ¿Escribió para el viento?

La Academia que le elevó al Olimpo sueco tenía la respuesta a la pregunta que Dylan nunca se hizo, porque no tuvo interés, tiempo, lo consideraba algo superfluo, tal vez, por lo que fuere, ahí estaban esperando las palabras de Horace Engdahl para la posteridad. “La poesía en el pasado distante se cantaba o recitaba con melodías”, nos recuerda el académico, los poetas eran rapsodas, trovadores, bardos, líricos, y me parece que cita las palabras de Octavio Paz: lyrics, letra de canciones, y lyre, instrumento musical.

Vladimir Maiakovsky, el poeta de la revolución rusa, en los años veinte cautivaba con sus masivos recitales al pueblo soviético de ese entonces y allende las fronteras, porque recorrió Francia, Alemania, Estados Unidos, México, con su palabra encendida y futurista. Esto ocurrió en pleno siglo XX, sin ir más lejos, pero la poesía ha evolucionado y no porque se escriba en libros, se imprima en papel. (De eso ya hablaremos) Enrique Lihn, poeta chileno, dijo en uno de sus escritos que Pablo Neruda fue el último aedo, cantor de poemas épicos. Homero señala el camino de los aedos con su Odisea y su Ilíada. Los rapsodas vinieron después y son diferentes, porque no usan instrumentos, sino un bastón para llevar el ritmo. Neruda, Premio Nobel, murió en 1973. La Academia lo llamó “ poeta de la humanidad violentada”, algo así como poeta de y para todos los tiempos, porque se trata de la condición humana misma. La humanidad actualmente está siendo horrorizada y con el pop no es suficiente, pareciera. “La acción de una fuerza elemental que alumbra el destino y los sueños de un continente”, precisaron los académicos suecos.

No olvidemos la decisión sueca al premiar a Dylan, por “crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición musical estadounidense”, razonable porque así ha ocurrido a lo largo de su rica, variada, intensa carrera artística. Me gusta lo que dice Beatriz Vignoli, argentina, novelista y poeta: la obra de Dylan es un eslabón entre el rock y la literatura. “Las letras de sus canciones constituyen poemas y relatos en verso”.

“¿Qué causa los grandes cambios en el mundo de la literatura? A menudo suceden cuando alguien se apodera de una forma simple, pasada por alto, desechada como arte superior, y la hace mutar”, dijo Engdahl (qué complicados son los suecos con sus nombres). Dylan, el norteamericano, descubrió entre reliquias y la chatarra, en la rima rápida y el ingenio rápido, las maldiciones y las oraciones piadosas, en las bromas dulces y las palabras crudas, él extrajo oro de la poesía. Fusionó el lenguaje de la calle y la Biblia, argumentó el académico. Realmente ha estado inspirado con este reconocimiento: “Al mismo tiempo, cantó al amor con un poder de convicción que todos quieren poseer. De repente, gran parte de la poesía de los libros de nuestro mundo se sentía anémica, y las letras de canciones rutinarias que sus colegas seguían escribiendo eran como pólvora anticuada después de la invención de la dinamita”. Es “un cantante que merece un lugar junto a los griegos, junto a Ovidio, junto a los visionarios románticos, a los reyes y las reinas del blues, a los maestros olvidados de brillante calidad”, según dijo Engdahl. “La belleza de sus canciones es de la más alta categoría”, sostiene el sueco, un artista que ha cambiado “nuestra idea de lo que puede ser la poesía”. Su revolución, siguió, fue devolver “a la poesía su altura, perdida desde los románticos”, pero no para “cantar eternidades, sino para hablar de lo que pasa a nuestro alrededor. Como si el oráculo de Delfos estuviera leyendo las noticias de la tarde”, concluyó una jornada gloriosa de elogios y distinciones que supera el oído más ambicioso en cualquier época. ¿Videncia de lo cotidiano? “¿Dante / Shakespeare / Rimbaud / en una voz?”. ¿Qué será del viejo Walt Whitman, me pregunto, es el sacrificado en esta última cena?

La gran pregunta: ¿esta letra en el papel tiene el mismo sonido que detrás de una guitarra?

 


Bob Dylan. Concierto en Bolonia, Noviembre 2005


 
¿En la palabra y los sentidos está la poesía?


Pareciera que está todo dicho, pero siempre puede haber un poco más. Algo que el tintero no ha derramado. En poesía, digo, es un decir, Nicanor Parra, hermano mayor de una compositora reconocida después de muerta, Violeta Parra, es el que reúne el ideal de algunos elogios importantes de Engdahl, sobre los cambios y lo popular experimentado y hecho realidad para este género, que considera acartonado, momificado —son palabras mías— este vanguardista jurado sueco. Parra cumplió 102 años este 2016 esperando alguna novedad desde el país escandinavo y que sonara la flauta del Nobel. Neruda, un observador agudo, le llamaba juglar, no poeta, a Nicanor Parra. ¿Se adelantaba a los tiempos, los retomaba o era más bien un calificativo peyorativo, bajarlo del Olimpo, como el propio Parra proclamaba hacer con el vate de Residencia en la Tierra?

La historia está llena de palabras, anécdotas, movimientos, tendencias, autores, algunos más ciegos que Homero o Borges, hechos sin duda, pasado y más pasado, y la poesía no está sólo para banquetes, o el placer de reyes, dioses, jorobados con sus trucos en las cortes de los milagros, saltimbanquis, monjes, videntes, hijos de la antigüedad, Edad Media, Renacimiento, el tiempo que sea, haya sido y el porvenir, siempre habrá nuevos amaneceres como en un principio.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, dice Neruda en su célebre “Poema 20”; Heráclito de Efeso, el oscuro, cinco siglos antes de Cristo, dijo: “Nadie se baña dos  veces en el mismo río porque todo cambia en el río y en el que se baña”.

Movimiento, fluidez, la materia y la energía no se detienen, y la poesía tampoco, cada época con sus poetas, historia, afanes, realidades, intereses, desafíos, movimientos, ismos: la lengua es cosa viva, la poesía se imita a sí misma y se supera, busca irremediablemente un modo de decir las cosas y no siempre es igual. Los temas nacieron con los cinco sentidos del hombre y sus conflictos, contradicciones, la naturaleza humana, lo que le rodea, apasiona, intriga, ama, vive, simplemente siente y se cuestiona. Se repiten y de vez en cuando un destello, la luz que el guijarro esconde en el camino. Si algo caracteriza a la poesía es su capacidad de asombro. A eso apela el lenguaje y trabaja con lo desconocido, materia prima enigmática del poema. El poema, siempre, de alguna manera, aspira a ser descubierto y cada vez que alguien lo lee se recrea nuevamente. No debiéramos despreciar ni analizar tan alegremente la intimidad de la lectura, cuyo ritual se repite una y otra vez en los lugares menos esperados.

La poesía se recrea desde tiempos inmemoriales, siempre en la palabra, forma y contenido, y la palabra ininterrumpidamente, con períodos excepcionales, se supera en la creatividad y los hallazgos de una época, viaja en la espiral de su tiempo e historia, no permanece muda, estática, ausente, más bien no deja de indagar y para ello utiliza todos los recursos a su alcance, se articula a sí misma en el presente, no se desentiende necesariamente del pasado y menos ignora el futuro.

Todas las épocas son esta época, nos recuerda Octavio Paz cuando alude a la obra de Pound y Eliot, y a veces el pasado puede ser nuevo y en ese sentido ambos poetas enfrentaron la crisis moderna, aunque Pound inició una aventura aún más enfocada hacia el futuro.

La poesía seguirá contaminándose de época, en su continua búsqueda, experimentación, humanismo, realidad, futuro, del hombre, de lo que somos, no hemos dejado de ser, seremos, vamos siendo. A veces siento que no hay época ni tiempo, sólo un espacio inédito para inaugurar con la palabra.

El 2016, la Academia sueca se subió al escenario del pop y está en su derecho de rescatar las palabras y la voz musical, la oralidad. Forma parte de las grandes tradiciones y de las masas contemporáneas. Pero no se debe ignorar la gran renovación poética de época en época, la complejidad y sencillez del lenguaje, Quevedo, Villon, Blake, Baudelaire, Lautréamont, Vallejo, Celan, Mallarmé, Darío, Apollinaire, inevitablemente Rimbaud, Pound y Eliot en idioma inglés, pero de otros siglos y muy atrás, nuestros padres que hablaban en tantas lenguas originarias, con los dioses, las estrellas, el sol, la luna, la naturaleza, el hombre, la madre tierra, y soñaban con un mundo siempre conectado a todas las cosas esenciales. La rueda de la poesía ha seguido rodando de generación en generación, en nuevos y renovados caminos, formas y contenidos para distintas épocas, gustos, experimentaciones, búsquedas, escuelas, innovaciones, y no hay más receta que el pulso de nuestro tiempo en cada época, la poesía y las cosas, la poesía y el hombre, la poesía y todos los temas relacionados con la vida humana, en el lenguaje inconfundible de la poesía, lo inefable y esta asombrosa realidad que respiramos. En todos los idiomas del mundo alguna vez el hombre ha pedido lo imposible, ha asaltado el cielo e invocado al porvenir como meta para alcanzar la felicidad. La poesía no le ha abandonado. Sólo eso es una muestra de compromiso, vitalidad y trascendencia en el tiempo.

La poesía puede ser canción, rimada, en forma y estilo soneto, verso libre, verso blanco, surrealista, romántica, moderna, hermética, metafísica, filosófica, política, amorosa, etc., el caleidoscopio de la vida y usar todas las fórmulas que “aguante” el lenguaje, que permita el género, camaleonearse a su antojo, pero nunca dejar de ser poesía en el real y estricto sentido de la palabra. El ejercicio de definirla es tan arbitrario que la poesía nos dice, ella misma, que está en todas partes. Quiero culminar este largo epilogar con el arte poética del poeta chileno Óscar Hahn, que enseña los dientes, el fuego, la oscura luz de la verdadera poesía, a mi entender.

    Arte poética

    La puta madre de mi poesía
    la frígida la virgen la caliente
    la que me pone cuernos en la frente
    la que aprieta los muslos a porfía.
    y no me suelta lo que yo querría:
    la flor de su hermosura irreverente
    su corola que late noche y día
    envuelta en llamas y en rocío ardiente.
    La que me engaña con cualquier vecino
    con Rilke con Pessoa con Vallejo
    la que traza en los astros mi destino
    La beata la agnóstica la impía
    la que pinta mis labios en su espejo
    la puta madre de mi poesía.

    (Óscar Hahn)

 
Epílogo al epilogar


¿Dónde y con quién habrá visto la ceremonia del Nobel el laureado Bob? ¿ Qué habrá pasado por su mente cuando escuchaba en otra voz y en una época distinta, que pudiera ser la misma, pero no era, ni él tampoco, sino la mitad de su espejo? El misterio detrás de sus ojos azules. ¿El mundo no sólo es pop?

“Vi a un recién nacido rodeado de lobos / vi una autopista de diamantes por la que no iba nadie / vi una rama negra goteando aún sangre fresca”. Viaja por bosques, se para frente al abismo…

(Hoy vemos cómo el plomo enriquecido con uranio asesina el alma, la raíz de un ser humano y sus alrededores. Cae una civilización de civilizaciones, las runas son del siglo XXI, qué modernidad, Bob. Cómo la muerte se ajusta el cinturón para volar con seguridad ante los cadáveres a su paso victoriosos, inmortales. Hay terror, Bob, en tus propias calles) ¿Ni Homero ni Borges fueron tan ciegos para creer en el Nobel? Son especulaciones, en la distancia y la poesía. Sigamos en Estocolmo.

Cuando Patti Smith suspendió su voz hermosa en el silencio del cristal roto de la ceremonia escandinava, surgió la Norteamérica folk, rockera, beat, pop, esa de las grandes carreteras del soul, blues, góspel, jazz, con toda la fuerza, transparencia y claridad de cada generación. Todo lo que venía era poesía, en clave sueca, pero letra y ritmo norteamericano.

 


Artículo anterior del mismo autor: BOB DYLAN http://revista.escaner.cl/node/8048

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Imágenes de Dominio público obtenidas desde Wikipedia

Bob Dylan en el Massey Hall, Toronto, Canada, Abril 1980
Fotografía de Jean-Luc - posteada en Flickr: Bob Dylan, CC BY-SA 2.0 https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6699656

Patti Smith, Concierto de 2014
By smial - Own work, FAL, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=36572387

Retrato de Bob Dylan por Stefan Kahlhammer
- http://www.stefankahlhammer.com/Bob_Dylan.html, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15093109

Bob Dylan. Concierto en Bolonia, Noviembre 2005
CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=696448

Escáner Cultural nº: 
198

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