Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Perfiles Culturales

Eliseo Reclus y la geografía subversiva1

Capítulo II

 

Rodrigo Quesada Monge2

 

La anarquía es la máxima expresión del orden

Eliseo Reclus

 

La Comuna de París (1871)

 

Existen, por otro lado, dos obras indispensables en cualquier tratamiento de la relación que Eliseo Reclus mantuvo con sus hermanos, tanto en el nivel científico como en el nivel político. Una de ellas es la invaluable bitácora que Elías escribiera de las sangrientas jornadas de la Comuna de París en 1871, la cual debería ser lectura obligatoria junto al monumental testimonio escrito por Lissagaray (1838-1880)3; y la otra es la historia de la amistad política y académica que Elías y Eliseo mantuvieron durante años, escrita por el sobrino ingeniero Paul Reclus (1858-1947), hijo del primero. A éste último no hay que confundirlo con el otro hermano, el médico Paul Reclus (1847-1914), quien también los acompañó en los eventos diarios de la Comuna de París y quien, como ellos, tuvo que esconderse y exiliarse para no ser asesinado, acusado de subversivo y complotista contra el gobierno burgués4.

Rara vez ambas obras han sido analizadas con fines históricos y descriptivos de los acontecimientos que las hicieron posibles. La bitácora que escribiera Elías es de una inmensa utilidad para establecer el comportamiento cotidiano, no tanto de los luchadores callejeros, de los rebeldes atrincherados en las calles de París, sino también de las reacciones asumidas por la burguesía parisina, para reprimir un movimiento que se les había salido completamente de las manos. La otra obra, escrita por un ingeniero eminente, como lo fuera el sobrino Paul Reclus, busca ser un testimonio agradecido de las enseñanzas recibidas por una alianza política y académica, la de su padre y de su tío, cuyos resultados aún pueden apreciarse en el desarrollo de la geografía como ciencia social y humana, y en el del ideario anarquista, fortalecido con ella en los campos organizativo e individual. De tal manera que, según puede notarse a simple vista, no es posible hablar, al menos en el caso de los hermanos Reclus, de la geografía social sin hablar al mismo tiempo del anarquismo como ideal, como utopía, el cual se encuentra expuesto con toda amplitud en la gran obra de Eliseo, El hombre y la tierra, en la que el sobrino tuvo tanta participación.

El trabajo de Elías Reclus sobre la Comuna de París, tiene la rara habilidad de haber logrado establecer un enlace preciso entre lo que expresa el lenguaje, y los hechos cotidianos narrados. Otras obras similares, como la ya varias veces mencionada de Lissagaray, junto a las de Jules Valles, Napoleón Peyrat y Louise Michel, sin dejar de ser testimonios excepcionales de un evento constantemente evaluado y reevaluado, no lograron penetrar los resquicios emocionales y visuales a los que llega el diario, por llamarlo correctamente, escrito por Elías Reclus. El valor histórico de esta clase de narraciones reside en brindarle a la posteridad, documentos de primera mano sobre las angustias, ansiedades, limitaciones y epopeyas en las que se vieron involucrados hombres y mujeres comunes, protagonistas de uno de los sucesos decisivos en la historia del movimiento popular europeo, cuyas enseñanzas se prolongaron hasta el presente.

Qué se come, cómo se come, cómo se distribuyen los alimentos, las discusiones y los debates en las trincheras, sobre las formas más efectivas de repartir las pocas armas con que se contaba, las pequeñas rencillas sobre los accesos y ajustes del ejercicio del poder, en el aquí y el ahora, sin reparar en discusiones de orden jerárquico que pudieran agotar los objetivos esenciales, tales como ofrecer una defensa articulada y organizada de la ciudad de París, y proteger sus tesoros más valiosos, los libros alojados en la venerable Biblioteca Nacional. Cosa curiosa a este respecto, una vez que las tropas de los versalleses ingresaron a París, su comportamiento contra los obreros, hombres, mujeres y niños, fue de una crueldad sin parangón. Pero aquello que éstos tanto habían protegido, como la biblioteca, no escaparon a los excesos y desmanes de la soldadesca atribulada y despótica que hacía ingreso ostentando su poder y su autoridad.

El diario de Elías Reclus tiene además la rara virtud de comunicar las preocupaciones del “humanista libertario” que ve a sus compañeros de armas caer junto a su lado, los destrozos causados por los obuses lanzados por la tropa versallesca, contra las paredes de los hogares, los edificios públicos y las trincheras construidas en varias bocacalles que conducían sobre todo a las estaciones de ferrocarril, sin detenerse un momento en sus reflexiones sobre lo que todo aquello significaba en sus vidas cotidianas, y en su futuro más inmediato. La mayor parte de los que caen heridos a su lado, reflexiona Elías Reclus, son burgueses, sin embargo, el amor por sus familias, por sus viejos y por sus hijos, queda tan bien registrado en este diario, que bien podría decirse de su autor que ha logrado cotas de belleza literaria, en los anales de los escritos políticos, pocas veces igualadas. El estilo de exposición deja sin aliento al lector, pues casi se siente el silbido de las balas y los retumbos de las trincheras al caer en mil pedazos. Reclus incluso se da el lujo de pensar lo que podrían estar sintiendo los conejos y las gallinas que ve correr despavoridos en el Jardín Botánico, luego de los destrozos causados por los bombazos lanzados por la tropa versallesca. En realidad es una lástima que este libro no haya sido traducido todavía al español.

El relato de la confrontación entre la soldadesca de Versalles y los comuneros adquiere en manos de Elías Reclus una textura particular, pues él logra una exposición de los espacios de combate casi visual. Sus descripciones sobre los barrios en los que se combate puerta a puerta- al extremo de que en cada casa donde un comunero ha caído la gente de Versalles pone un vigilante a tiempo completo-, adquieren una relevancia irrepetible en otros textos de factura similar, pues no es posible capturar París, hacerse dueño de ella, sin controlar sus calles y avenidas, sus barrios, sus plazas, sus plazoletas, sus iglesias, sus monumentos nacionales, y sus edificios públicos más emblemáticos.

La tensión psicológica que Elías Reclus logra, cuando describe las batallas, las discusiones y las mutuas inculpaciones, sobre quién debe ser juzgado como responsable de haber llegado a tales extremos de violencia y brutalidad, se detalla utilizando el lenguaje como una herramienta que al mismo tiempo permite observar a los protagonistas enfrascados en sus debates políticos y militares, con el telón de fondo de los cañonazos y el grito de los heridos. Solo aquel narrador que es dueño de una talento particular para la construcción de tramas novelescas, es capaz de haber realizado tales descripciones, transmitiéndoles a los historiadores del futuro una sensación extraordinaria sobre lo que pudo haber sido la recuperación de la ciudad de París, por parte de la gente de Versalles, sin percatarse de que fueron precisamente los espacios los que han atrapado a la gente en su cotidianidad y en sus confrontaciones diarias políticas e ideológicas. No está de más recordar que son precisamente esos espacios los que Walter Benjamin, de forma milagrosa, logra atrapar con sus análisis de la vida burguesa en la Francia de finales del siglo XIX y principios del XX5.

Con su mentalidad etnológica y, posiblemente influenciado por su hermano Eliseo, el geógrafo, Elías Reclus logró con su diario transmitirle al futuro una combinación inigualable entre los espacios geográficos que los revolucionarios reinventaron mientras duró el experimento, entre marzo y mayo de 1871, y los nuevos usos y costumbres que se fueron imaginando a lo largo de la existencia de este último. Es decir, de acuerdo con el etnólogo Elías Reclus, la Comuna de París, no solo inventó y se deshizo rápidamente de diversas formas de organizar el poder y la autoridad, sino que también posibilitó otros medios de imaginar la cotidianidad entre hombres y mujeres quienes, a pesar de sus distintas procedencias sociales, pequeños burgueses, trabajadores, policías, militares y otros, fueron capaces, todos juntos, de soñar por un momento que la utopía era posible, pues todas aquellas nomenclaturas y definiciones profesionales, sociales, políticas y económicas desaparecieron o, al menos, perdieron su fuerza durante aquellas gloriosas semanas.

Cuando las tropas de Versalles ingresaron a París, no lo hicieron solamente aniquilando a personas sino, sobre todo, demoliendo sueños, esperanzas y utopías. Destruida la Comuna de París, el siguiente día en el desarrollo y crecimiento del movimiento popular a nivel internacional, empezó prácticamente de cero. Habría que esperar a la masacre de trabajadores ocurrida en Haymarket en 1886, en Chicago, para que, de nueva cuenta, las ilusiones de aquellos retomaran la dirección que les había sido arrebatada defendiendo las calles de la ciudad de París en 1871, no sólo contra el invasor alemán, sin también contra las traiciones y las pequeñas pasiones de la gran burguesía parisina, que no tuvo empacho en voltearse de lado con tal de proteger sus propiedades, su orden y su sentido común.

Es esta educación política, académica, científica y personal la que amarra cada vez más fuertemente los lazos que los hermanos Reclus han tendido entre sí. No se puede desgajar, creo yo, la profunda amistad que existe entre estos hermanos, del escenario político, social y cultural europeo de los años que median entre 1848 y 1871. Se trata de años decisivos en todos los terrenos, porque, junto al hecho de que la herencia política de la Revolución Francesa de 1789, todavía se encuentra a medio camino, entre su realización cabal y la promesa bañada en sangre, el Segundo Imperio no logró encajar adecuadamente los anhelos políticos de una burguesía que siempre miraba hacia atrás, y una aristocracia con avidez de imperio, siempre mirando hacia delante, pero despojada de los recursos para lograrlo. Estaba claro que el imperialismo francés llegaría tarde, pero a caballo entre los espasmos democráticos de la burguesía y la tiranía de un poder monárquico más despótico que nunca, porque ya había conocido de lo que era capaz la burguesía liberal en alianza con los trabajadores radicalizados, en ciudades como París, Berlín, Budapest, Viena y Nápoles.

 

Del republicanismo al anarquismo

 

El viaje pedagógico, por llamarlo de alguna forma, de los hermanos Reclus, como bien lo dice el mismo Paul, el sobrino, en su célebre libro, ya mencionado, desde el protestantismo hacia el anarquismo, está signado por la impronta de un padre que no dejó nada al azar, en todo aquello que tuviera que ver con la formación de la conciencia de sus hijos para enfrentar la cotidianidad, sin reparar en las consecuencias personales. Los testimonios recogidos por Paul Reclus en lo que a esto compete, me refiero al espíritu sacrificial de la educación recibida en el hogar, están enlazados uno con otro por la brea de la sinceridad, la honestidad y la entrega. Cuando los hechos de la Comuna de París se suscitaron, los hermanos Reclus vieron el tema como algo natural y cotidiano. No se podía eludir el hecho de que el entreguismo del gobierno de Thiers ponía a Francia en una tesitura histórica sin precedentes, y al respecto había que tomar una posición determinada. A favor o en contra del invasor. Para los alemanes no había dilema, pues la invasión formaba parte del encuadre anhelado por el emperador germano Federico Guillermo II de Prusia, para darle rienda suelta a sus afanes expansionistas, y para tomarle el pulso a lo poco que quedaba del legado napoleónico.

Las mal llamadas “revoluciones burguesas” que recorren Europa, entre los años que van de 1789 a 1871, no fueron otra cosa más que la prueba de fuego de las alianzas, las expansiones y las contracciones, las turbulencias y los éxtasis políticos, sociales e ideológicos de una burguesía y de una aristocracia dispuestas a compartir el poder sin importar las circunstancias, y sin importar los aliados que los acompañaran en el trayecto. De todas formas, siempre serían descartables. El triste papel de corifeo jugado siempre por los trabajadores en este proceso refleja lo poco dispuesto que estaba el sistema económico a ceder sus márgenes de ganancia, ahí donde más le dolía, es decir la independencia de sus esclavos asalariados. La claridad con que los hermanos Reclus visualizaban este asunto, solo refleja parte de la elaboración hecha en casa de una conciencia política y social levantada con el ejemplo, el amor al estudio y la amistad. El resto del proceso pedagógico tendría lugar cuando los hermanos Reclus tuvieron que abandonar París, como simples delincuentes, bajo amenaza de la horca o del confinamiento definitivo en Nueva Caledonia.

La llegada a Suiza, después de la aniquilación de la Comuna, y el encuentro con los camaradas de la Federación del Jura, y sobre todo con Bakunin y Kropotkin, completaría aquello que tan esmeradamente el padre Jacques Reclus les había transmitido: la disciplina, la capacidad de sacrificio, el servicio a los desamparados y la dedicación a la construcción de verdades científicas que no atentaran contra su independencia personal. Por eso los hermanos Reclus nunca dejaron de ser individualistas de veinticuatro horas.

Es un hecho que la Comuna de París de 1871, a pesar de que uno de sus mejores y más sensibles cronistas, Elías Reclus, como hemos visto, haya sostenido que él no fue más que un sincero observador (algo así como “un termómetro en un rincón”, según su buen decir), radicalizó las ideas y argumentos de un republicanismo socialista que él y su hermano Eliseo tenían años de venir elaborando. No tenemos forma, como bien lo dice Dunbar, de probar el momento y la situación en que ese quiebre, ese giro, hacia el anarquismo se pudo dar; pero los hechos de la Comuna, el significado real, de la vivencia política cotidiana, aceleraron el proceso. Ambos hermanos formaron parte de la Guardia Nacional, pero ambos ignoraban incluso cómo manipular un fusil y, cuando tuvieron que dormir en el suelo, a la intemperie, mientras vigilaban, se enfermaron y padecieron lo indecible.

Ambos eran académicos pequeñoburgueses radicalizados, que venían de un viaje espiritual, ético y filosófico, impulsado por el ejemplo de su padre, en el cual la rebeldía teológica y política de Spinoza, jugaría un gran papel. Pero en un principio, hacia 1877, los análisis hechos por Reclus sobre la Comuna pecan de poco generosos, y enfatizan el tremendo desorden político, programático y organizativo que predominó en el proyecto. En esto sus reflexiones lo acercan mucho a la evaluación emprendida por los marxistas, para quienes la Comuna fue, antes que nada, un laboratorio en el que debían haber predominado el liderazgo y la organización, ingredientes totalmente ausentes en aquella. A finales del siglo XIX, hacia 1898, el tratamiento de Eliseo Reclus se modifica sustancialmente, y observamos que sus valoraciones de la Comuna, ya no enfatizan una cotidianidad vivida sin convicción en los asuntos militares, y privilegian las enseñanzas recibidas en el nivel individual y como persona política.

El “anarquismo académico individualista” de los hermanos Elías y Eliseo Reclus, aclimata sus raíces, inevitablemente, en la tradición “spinoziana” (de la teología crítica del poder) si cabe el término, heredada por su padre, y, a pesar de sus intentos por asumir con pasión el legado teológico de aquel, como bien lo apunta el sobrino en la obra mencionada, la actitud de ambos nunca logró remontar el ámbito de la responsabilidad establecido por una defensa a ultranza de su libertad y de sus acciones personales cotidianas. Alguien ha sostenido, erróneamente como lo anota Dunbar, que Eliseo Reclus ya era anarquista en 1851, cuando redactó su primer trabajo conocido: El desarrollo de la libertad en el mundo,que posiblemente escribió en su visita a Montauban ese año, después de una jornada a pie de tres semanas con su hermano Elías, desde Estrasburgo a Orthez. Este ensayo que, para Reclus, era de poca importancia, fue alguna vez desechado por él, pero su hermana Louise lo recuperó y fue publicado por primera vez en 19256.

Es fácil dudar de la verdadera matriz dura del anarquismo de Eliseo Reclus, en virtud de que la experiencia de la Comuna, apenas conmovió sus convicciones republicanas y más bien lo hizo batirse en retirada hacia el campo que mejor dominaba, la academia, la geografía, la investigación y la escritura. Es cierto, Marx no devino más marxista por haber dedicado la tercera parte de su vida a escribir El Capital, ni los más de quinientos artículos que escribió con Engels para la prensa de la época, sobre toda clase de temas, tampoco lo hicieron más revolucionario que el día anterior, cuando hablaba y evaluaba desde lejos a la Comuna de París7.

Es un hecho, no son las amistades las que te vuelven más o menos revolucionario, anarquista, republicano o liberal. La entrañable amistad de Eliseo Reclus con Bakunin, a quien le editó parte de sus obras, o con Kropotkin, a quien incluso le sugirió títulos para algunas de sus pequeñas obras de divulgación, no lo hizo anarquista de la noche a la mañana8. Para afirmar algo así, habría que tener muy claro que el anarquismo es antes que nada una forma de actuar sobre la sociedad, la vida y la personalidad individual. Una forma de actuación que viene estatuida por los criterios éticos, sociales, culturales y políticos que rigen la vida de un individuo determinado en su devenir con el resto de la sociedad y de la civilización. Tal forma de actuación reposa, en última instancia, sobre la orientación que ese individuo en particular le pueda dar a sus acciones con relación al Estado, la Iglesia institucionalizada y el Capital.

 

El comunismo libertario

 

Para algunos autores, ni William Godwin, ni Max Stirner, ni León Tolstoi (y cabría la duda con relación a Eliseo Reclus) pueden ser considerados fundadores del pensamiento anarquista, porque si en la doctrina caben en un solo paquete liberales radicales, marxistas, cristianos y taoístas, no es extraño entonces que en las introducciones generales sobre el anarquismo se caracterice al mismo como algo incoherente y difícil de encapsular en una definición preconcebida. En el anarquismo auténtico, el de Bakunin y el de Kropotkin, existe una diferencia esencial entre “individualismo” e “individualidad”, porque en la crítica que ellos dos hacen del Estado, de la Iglesia y del Capital, considerados como adversarios de clase, no se los reconoce como enemigos de la libertad individual, algo que les preocupaba enormemente a Godwin, Stirner, Tolstoi y Eliseo Reclus9.

Este último fue primero geógrafo y luego anarquista. Lo contrario de Kropotkin, quien primero fue anarquista y luego geógrafo10. La mayor parte de los autores trata de encontrar una simetría epistemológica entre el quehacer científico y el quehacer político de Eliseo Reclus, pero tal cosa es imposible en vista de los resultados arrojados por sus investigaciones geográficas, en las cuales el pensador francés intentó establecer un enlace entre sus aspiraciones políticas y la dinámica espacial del crecimiento de las sociedades y de las civilizaciones, sin reparar en las consecuencias ideológicas y metodológicas de su empeño. Una geografía al servicio del desarrollo de la paz, la fraternidad, la solidaridad y la ausencia de jerarquías era el proyecto más ambicioso de Eliseo Reclus, pero sus estudios y descripciones del desarrollo de la geografía física, social y humana revelaban una dinámica espacial en la que el enfoque eurocéntrico y los sesgos colonialistas del imperialismo francés, no se podían escamotear de forma sencilla11.

Si su modesta participación en la Comuna de París lo volvió anarquista, o radicalizó aún más su socialismo republicano es una cuestión que poca gente se presta a discutir. Casi todos los autores aceptan de forma tajante el ideario anarquista de Eliseo Reclus, después de la Comuna; sobre todo cuando sus encuentros con Bakunin y Kropotkin en Suiza, se tradujeron en una militancia, en un periodismo y en unos afanes organizativos más inclinados hacia la bondad y la amistad entre personas afines, que entre revolucionarios dispuestos a darlo todo por la transformación de la sociedad y del mundo como lo conocemos.

El anarquismo es una doctrina libertaria y una forma de socialismo libertario, por lo cual no todo punto de vista libertario o socialista libertario es anarquista. En efecto, el anarquismo es un concepto que debería ser reservado para una forma particular y muy restringida de socialismo libertario, el cual surgió en la segunda parte del siglo XIX. El anarquismo entonces estaba diseñado para combatir las jerarquías y las desigualdades sociales y económicas, y especialmente a los terratenientes, los grandes capitalistas y al estado. Estaba en favor de una lucha de clases a escala mundial, y de una revolución organizada desde abajo, por los trabajadores mismos en alianza con los campesinos, para crear un nuevo orden socialista, sin estado y sin opresión de ninguna especie.

En este nuevo orden, la libertad individual estaría en perfecta armonía con las obligaciones comunales a través de la cooperación, la elección democrática de las decisiones y una igualdad social, que tendrá lugar a través de la coordinación económica de formas federales bien estructuradas y funcionales. Para los anarquistas son fundamentales los medios organizativos revolucionarios que faciliten la cristalización de una sociedad anarquista, donde el orden esté caracterizado por la más completa ausencia de autoritarismo12. Con este criterio, el anarquismo de Eliseo Reclus pareciera ser más bien un principio de vida, una moral, antes que una forma revolucionaria de enfrentar las desigualdades sociales, económicas, políticas y culturales de la civilización contemporánea.

En apariencia la militancia anarquista de Eliseo Reclus se decanta con precisión después de la Comuna de París. Más en virtud de lo que vio y presenció, que de lo que vivió e hizo como supuesto revolucionario, el anarquismo de Eliseo Reclus, después de ese nefasto capítulo de la historia moderna de Francia, afianza su vertiente académica, y su militancia revolucionaria se limita al apoyo prestado a los proyectos periodísticos de Bakunin primero, y de Kropotkin después. Algo similar sucedió con el estudio de Marx sobre el mismo evento, pues el revolucionario alemán convirtió a la Comuna de París en un laboratorio político en el cual puso a prueba, no tanto el genial método descubierto por él y Engels-el materialismo histórico-, sino también sus prejuicios y toda la mitología política existente entonces, acerca del papel revolucionario jugado por los trabajadores en un determinado momento de la historia europea.

Eliseo Reclus siempre tuvo claro que su ideario se reducía a tres postulados esenciales, 1-individualista como anarquista; 2-socialista en materias sociales; y 3-republicano en temas políticos. Estos tres ingredientes siempre estuvieron presentes en su trabajo académico y en sus esfuerzos políticos por colaborar en la construcción de una sociedad y de una civilización más equilibradas y armoniosas. Elie Faure, su sobrino, y un connotado crítico de arte en Francia, sostenía que su tío Elías se nutría de la influencia de Michel de Montaigne; y que su tío Eliseo era más un hijo intelectual de Rousseau que de ningún otro, pensando tal vez, en que la influencia ideológica de Bakunin y Kropotkin, podría ser evocativa de un radicalismo en el que Eliseo Reclus no creía13.

En efecto, Eliseo Reclus como los otros grandes teóricos anarquistas de la segunda mitad del siglo XIX en Europa, veía con tolerancia distante los actos de violencia perpetrados por algunos sujetos y grupos, contra autoridades políticas y representantes empresariales destacados. Elías Reclus, su hermano, siempre más reposado y cerebral, pensaba que la violencia indiscriminada no conducía a ninguna parte, y generaba, por el contrario, resultados malsanos en el mediano plazo14. La violencia como fin en sí misma estaba descartada, cuando los objetivos políticos de naturaleza republicana empezaban a ceder terreno ante la mayor articulación y sentido práctico de los trabajadores europeos organizados. Es decir que, la violencia se tornaba etérea cuando la organización política se abría espacio en el imaginario cotidiano de los trabajadores. Sin embargo, se hacía inevitable cuando los instrumentos de la opresión utilizados por las clases dominantes, no permitían ningún espacio de maniobra a los sectores sociales más desprotegidos. Ante la brutalidad de la burguesía, la respuesta obrera no se hacía esperar, y Eliseo Reclus veía esta última como un mal necesario, en determinadas circunstancias.

Para Eliseo Reclus, en verdad un puritano asceta, que veía con malos ojos y disgusto los enormes habanos que se fumaba Bakunin en reuniones políticas, la historia de la humanidad era una espiral en crecimiento impulsada por tres grandes fuerzas ineludibles. En primer lugar hablaba de la lucha de clases, luego de las aspiraciones generales de los seres humanos hacia el equilibrio y la racionalidad, y finalmente de la protección feroz del individuo y de su expresión más conspicua, el individualismo. La lucha de clases, sin embargo, no se asemeja, ni remotamente, a la propuesta por Marx y los marxistas, para quienes la misma tiene una esencia revolucionaria cuyos datos de confrontación política, social, económica y cultural (léase ideológica), definen el núcleo de todo cambio, violento o no, del sistema económico imperante, así como de sus patrones de civilización. Reducir la lucha de clases a una simple competencia de signos de fuerza es el tratamiento más convencional y frágil de todos los que se han hecho hasta ahora, dizque inspirados en Marx, Engels y Lenin.

En los hermanos Reclus, la lucha de clases se asemeja mucho al “darwinismo social”, antes que a la confrontación revolucionaria compartida por los anarquistas radicales de la estirpe de Bakunin y Kropotkin. La supervivencia del más capaz o adaptado, podría ofrecer un argumento a favor o en contra de los problemas de civilización, pero no sería satisfactorio para explicar y justificar la necesidad de construir un proyecto revolucionario que tumbara por los suelos al régimen dominante, perfectamente sustentado sobre una plataforma de clase que protegerá con uñas y dientes dicha dominación.

El equilibrio esperado y profundamente anhelado, no tanto por los anarquistas, sino también por algunas sectas liberales y republicanas, entre sociedad, naturaleza e individuo, todavía en el siglo XIX, presenta vestigios de corte religioso y milenario, procedentes del siglo XVIII. Esta trabazón temática y metodológica entre sociedad y naturaleza no reside tanto en las aspiraciones de los sujetos aislados, o de pequeños grupos de rebeldes, sino en el grado de supervivencia de que son capaces las personas, cuando, por encima de lo que ofrece el sistema económico, necesitan continuar con sus vidas. Llegar a entender que la relación entre sociedad y naturaleza debería estar diseñada para proteger a las personas, y no para generar ganancias, simplemente, tomó varios siglos de sacrificios, conflictos sociales, guerras y masacres sin nombre, pues fue privilegio siempre del sistema económico, crear y fomentar una clase de racionalidad y equilibrio de civilización, en la que la noción de libertad estaba estrechamente articulada a las cuotas de explotación y ejercicio del poder alcanzados por un pequeño grupo de gente que se decían, y se dicen, dueños de hombres y materias.

 

 

Continua en el próximo N° de la revista, ensayo en 3 capítulos.

Capítulo I: http://revista.escaner.cl/node/7232

 


1 Este ensayo es el primer capítulo de una obra compuesta por seis, y que lleva el mismo título. La noción de “geografía subversiva” es de John P. Clark. Elisée Reclus. Natura e Societá. Scritti di Geografia sovversiva (Milano: Eléuthera. 1999).

2 Historiador (1952), escritor y catedrático costarricense jubilado de la UNA-Costa Rica. Premio (1998) de la Academia de Geografía e Historia de su país. Su obra más reciente es La fuga de Kropotkin (Santiago de Chile: Editorial Eleuterio. 2013).

3 H. Prosper-Olivier Lissagaray. History of the Paris Commune (UK: New Park Publications. 1976. Translated from the French by Eleanor Marx). Existe una excelente versión al español de R. Marín y E. Iribar, publicada por Txalaparta en el 2007.

4 En esta ocasión hemos utilizado la edición francesa de las obras de Elie Reclus. La Commune de Paris au jour le jour (Paris. Schleicher. 1908) y de Paul Reclus Les Fréres Élie et Élisée ou du Protestantisme a l´Anarchisme (Paris. Les Amis d´Élisée Reclus. 1964).

5 Walter Benjamin. The Arcades Project (Harvard University Press. 1999. Translated from the French by Howard Eiland and Kevin McLaughlin). Véase sobre todo la parte titulada Exposés. También se puede consultar con provecho de David Harvey. Paris, Capital of Modernity (London & New York: Routledge. 2003). Ver de la segunda parte el capítulo IV titulado La organización de las relaciones espaciales.

6 Gary S. Dunbar. Op. Cit. P. 24.

7 Véase a este respecto el magistral trabajo de Jonathan Sperber. Karl Marx. A Nineteenth Century Life (New York & London: Liveright Publishing Corporation. 2013). Llamamos la atención sobre la segunda parte. Ver también de Karl Marx. Artículos periodísticos (Barcelona: Alba Clásica. 2013. Selección, introducción y notas de Mario Espinoza Pino. Traducción de Amado Diéguez e Isabel Hernández).

8 La conquista del pan y Palabras de un rebelde, dos obras ampliamente conocidas de Pedro Kropotkin, llevan estos títulos a sugerencia de Eliseo Reclus. Ver la excelente biografía escrita por Brian Morris. The Anarchist Geographer. An Introduction to the Life of Peter Kropotkin (UK: Genge Press. 2013).

9Michael Schmidt and Lucien Van Der Walt. Black Flame. The Revolutionary Class. Politics and Syndicalism (Edinburg: AK-Press. 2009) Counter-Power. Vol. 1. Pp. 41-48.

10George Woodcock. Elisée Reclus: An Introduction. En Marie Fleming. The Odyssey of Élisée Reclus. The Georgraphy of Freedom (Montréal, Canadá: Black Rose Books. 1988) Pp. 11-16.

11 Emmanuel Lézy. Una geografía sacrificada: Elisée Reclus y los indios americanos. En Guénola Caprón y otros (editores). La geografía contemporánea y Elisée Reclus (México: Ediciones de La Casa Chata. 2011). Pp. 275 y ss.

12 Ibídem. P. 72.

13 Gary S. Dunbar. Op. Cit. P. 121.

14 Elías Reclus. Impresiones de un viaje por España en tiempos de Revolución. Del 26 de octubre de 1868 al 10 de marzo de 1869 en el advenimiento de la República (La Rioja, España: Ediciones Pepitas de Calabaza. 2007).

Escáner Cultural nº: 
167
excelente información! se agradece

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