Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Perfiles Culturales

SUMISIÓN Y REBELDÍA EN ESTEBAN DE LA BOÉTIE (1530-1563)

Parte 2 de 3

 

Rodrigo Quesada Monge

 

Servidumbre y sumisión

 

I

La primera causa de la servidumbre voluntaria es la costumbre, decía La Boétiei, recordándonos el tremendo daño ocasionado por habituarse a la condición del oprimido, al asumir que la opresión, la esclavitud del que se somete por propia voluntad, es parte indubitable de la naturaleza humana. La costumbre, el ripio cotidiano de aceptar, tolerar y justificar la liturgia que el tirano levanta cotidianamente con el afán de reproducir y fortalecer aquella, llega a convertirse, más temprano que tarde, en una especie de banalidad mortecina, que envuelve a las personas en sus melodías soporíferas de justicia, rectitud y santidad, para legitimar la tiranía de manera recurrente ahí donde se carece totalmente de otras alternativas. Pero el acostumbrarse a la tiranía, nos sugiere La Boétie, es sólo modificable con la educación de la consciencia, con la superación ineludible de la ignorancia y el hastío en el que caen las personas, cuando no vislumbran otra salida. Decía La Boétie: “(…) los libros y el saber dan a los hombres, más que ninguna otra cosa, el sentido y la capacidad de reconocerse a sí mismos y de odiar la tiranía”ii.

Junto con la libertad se pierde el coraje, anotaba nuestro autor en otra parte de su textoiii. Al lado de la costumbre, la cobardía, la pereza, la desidia y la indiferencia, se vuelven otras causas, otras motivaciones esenciales para entender la génesis de la tiranía. Carece de sentido cambiar de tirano y conservar la tiraníaiv, cuando las estructuras institucionales del aparato de estado que está en orden de cuestionamiento, explican la misma por el lado más intolerable para la población en general, es decir el miedo, la suspicacia, el secretismo, la incertidumbre y la desesperanza. “Entre los hombres libres prima la emulación, cada uno por el bien común y cada uno por sí mismo; esperan tener todos su parte en el mal de la derrota o en el bien de la victoria”v.

Con esta lúcida instrumentación del estoicismo, La Boétie, de nuevo, da un paso adelante con relación a su siglo, y antepone la emulación como una de las condiciones básicas para sobrevivir en régimen de tiranía. Pues si el tirano les hace mal a todos, entonces deberá temer a todos por igualvi. “Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, las bestias extrañas, las medallas, los cuadros y otras drogas semejantes eran para los pueblos antiguos el alimento de la servidumbre, el precio de la libertad y los instrumentos de la tiranía”vii. A este respecto nada ha cambiado; la enorme vigencia de la reflexión elaborada por La Boétie eriza la piel de aquellos que aún ven en el tirano y en la tiranía, una forma de gobierno, una alternativa legitima para aquellos que no encuentran en la voz de las mayorías y de las individualidades sobresalientes, el punto de partida que asegure mecanismos de autocontrol diseñados con el objeto de que les devuelvan a las personas la soberanía sobre sus propias vidas. “Adormecer a los súbditos bajo el yugo”viii, continúa siendo todavía hoy uno de los recursos más penetrantes con el cual se logra someter la voluntad de los pueblos; sobre todo donde hay posibilidades de que líderes levantiscos les puedan correr el velo de intoxicación con que los tiranos y sus servidores cubren la realidad.

 

II

Sirviéndose de largas citas y ejemplificaciones sustentadas en su conocimiento histórico de la antigüedad romana, griega y asiática, La Boétie amplía su razonamiento de que, junto a la costumbre y a la cobardía (fomentada y agradecida por los pueblos, mediante las diversiones y la intoxicación con el espectáculo), el temor, el miedo, la desazón y la incertidumbre configuran también otros ingredientes de un cuadro psicológico y social con el cual busca explicar la rara inclinación de las personas hacia el dictador en condición de absoluto dominio sobre sus vidas.

Los seres humanos fascinados con el terror, casi cotidiano, que ofrece el tirano (La Boétie piensa en Nerón, Vespasiano, Claudio y otros emperadores romanos) llegan a participar de él por omisión, en la medida en que su silencio cómplice faculta una naturaleza muy precisa de la tiranía. Con escasa frecuencia las personas se percatan de que una cosa es la dictadura y otra muy distinta es el dictador. De forma lúcida La Boétie lo hace notar por primera vez cuando nos habla de lo bien que operaba Julio César, casi mágicamente, sus movimientos entre uno y otro escenarios. El personaje, el dictador, logra despojarse de sus vestiduras, cuando no se encuentra en el sitio donde sus actuaciones adquieren el misterio, la alquimia de seducir a las masas. La Boétie sabía, con más antelación y malicia que muchos otros de sus contemporáneos, que la muerte de Julio César, su asesinato, es decir, la aniquilación del personaje, dejaría casi intacta a la tiranía, la cual continuaría funcionando durante mucho tiempo más, por encima de las ofertas de eternidad prometidas por el tirano. ¿A quién se le puede ocurrir hoy en día ni siquiera insinuar que muerto Adolf Hitler, se acabó el nazismo? ¿O que muerto Stalin se acabó el estalinismo?

 

El tirano sabe, como bien lo sabían todos y cada uno de los tiranos invocados por La Boétie, para ejemplificar su análisis de la servidumbre, que los pueblos, las grandes masas de seres humanos anónimos y despersonalizados, están dispuestos a tolerar sus excesos, rituales y parafernalias mágico-religiosas hasta el instante en que sus rutinas, sus fiestas y sus prejuicios no sean modificados violentamente. Los dictadores saben que las condiciones materiales, militares, económicas y naturales brindadas a las masas pueden cambiar con rapidez, pero hay algo que cambia con una lentitud exasperante, y ese algo es la consciencia de los pueblos.

Con regularidad encontramos en los ensayos y artículos escritos por Ricardo Flores Magón (1873-1922), el célebre luchador anarquista mejicano, un tratamiento similar al imaginado por La Boétie sobre los significados profundos de la tiranía, cuando ésta ha penetrado los entresijos del vivir diario de las personasix. Porque uno de los aspectos llamativos en el discurso de La Boétie es su capacidad para establecer las diferencias esenciales entre los actos y los anhelos ocultos de los seres humanos, cuando ocupan el poder y han tenido acceso a la autoridad de forma ilimitada. El tirano, nos recuerda La Boétie, ha recibido una tradición, un aparato institucional, y un conjunto de rituales, espejismos, misterios y liturgias que, originalmente, no fueron pensados para redituar de las relaciones entre el tirano y sus servidores. En realidad no existen réditos dignos de mencionarse entre el tirano y sus lacayos. Él apunta: “No se podrá creer a primera vista pero, en verdad, es cierto: son siempre cuatro o cinco los que mantienen al tirano, cuatro o cinco los que conservan a todo el país en la servidumbre. Siempre ha sucedido que cinco o seis han tenido acceso al tirano y se han aproximado por sí mismos a él o han sido por él llamados, para ser cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, alcahuetes de sus lascivias y copartícipes de sus pillajes”x.

Aquel aparato de instrumentos y componentes citado arriba, que hoy diríamos fue concebido para servir y operar una ideología, al mismo tiempo ha sido estructurado para atender las necesidades cotidianas más perentorias de la chusma, en lo que compete a magia, misterio y milagros. El hábil manejo de lo desconocido, de lo oculto, de lo sinuoso y entreverado, hace del personaje construido por el tirano, un ente digno de pánico, distancia y ceremonias. Y hoy nos continúa dejando boquiabiertos, la precocidad de La Boétie, para detectar y establecer estos ingredientes que, a pesar de todo, según él, con relación a los reyes de Francia, no toda aquella interpretación se aplica, pues “habiendo tenido siempre reyes tan buenos en la paz y tan valientes en la guerra que aun cuando hayan nacido reyes parece que no fueron hechos como los otros por la naturaleza, sino elegidos por Dios todopoderoso, antes de nacer, para el gobierno y la conservación de este reino”xi.

 

III

De ahí provenía el crédito del Senado bajo Julio César, el establecimiento de nuevas dignidades, la creación de cargos: no eran ciertamente, si bien se mira, modos de reformar la justicia sino nuevos sostenes de la tiranía. En suma, se llega a la conclusión de que por los favores o subfavores, por las ganancias o reganancias que se logran con los tiranos, al fin son casi tantos aquellos a quienes la tiranía parece ser provechosa como aquellos a quienes la libertad sería agradable”xii. Para La Boétie estaba bien claro que el tirano se hacía rodear de un séquito de aduladores, cuenta-cuentos, clientes y chismosos cuyos servicios estaban contemplados dentro de los presupuestos senatoriales de la antigua Roma. Es inimaginable la tiranía sin este ejército de funcionarios a sueldo, informantes, publicistas y sicarios que hacen del oficio político diario del tirano una actividad repleta de retribuciones materiales, económicas y hasta sexuales.

Sin embargo, al ver a esa gente que sirve al tirano para lograr sus fines con la tiranía y con la servidumbre del pueblo, frecuentemente me causa asombro su perversidad y algunas veces siento lástima de su estupidez, porque, a decir verdad, ¿qué otra cosa significa acercarse al tirano sino alejarse de la propia libertad y, por así decirlo, apretar con ambas manos y abrazar la servidumbre?”xiii. De esta forma, La Boétie precisa diferencias entre reyes buenos (como los franceses, según ya hemos visto) y los reyes malos, aquellos que devoran sin repugnancia a sus servidores más fieles e incondicionales, quienes le han servido con su carne, su espíritu y su mente. Éstos solo han cometido un pecado: amar con exceso la riqueza, las comodidades, la buena vida. Y no han tenido escrúpulos, no les ha temblado el pulso para desposeer de ellas a ricos, pobres, artesanos, obreros y campesinos, cuando lo han considerado necesario, dizque para servir a Su Majestad el Rey.

De nuevo, el tratamiento brindado por La Boétie sobre el círculo interior de funcionarios, proxenetas, aduladores y conspiradores que rodean al tirano, al “rey malo” como le gustaba llamarlo, ofrece una cantidad superior de recursos para estudiar a cualquiera de las dictaduras de nuestro tiempo. Queda por ver hasta dónde llegan sus intuiciones, puesto que su enfoque es maniqueo ahí donde las alternativas morales se reducen a los antojos del “rey bueno” y del “rey malo”. Le concede a este último, quien constituye su primer tema de preocupación y análisis, lo que sería una dimensión institucional realmente vigorosa y difícil de erradicar. Esta clase de tiranos quien, según hemos visto, ha llegado al poder sirviéndose de varias vías ensangrentadas y oprobiosas, se sostiene en él porque una maquinaria milagrosa y efectiva de funcionarios hace, dice y piensa lo inimaginable para que la estructura no se caiga, puesto que de ella dependen su vida, la de su familia, la de sus amigos y hasta la de sus amantes. Servirse de mil recursos hoy llamados ideológicos, en la medida de su diseño para distorsionar la realidad de lo sucedido alrededor del “rey malo”, es una operación en la que puede participar todo un país, toda una nación. La Boétie tenía bien claro que a la gente le gusta todo esto, porque le conviene, engañarse a sí misma. De aquí procede su noción de la “servidumbre voluntaria”.

 

 

IV

El labrador y el artesano, por más que estén sujetos a servidumbre, cumplen haciendo lo que les han dicho; pero el tirano ve a los otros que están junto a él briboneando y mendigando su favor; es preciso que no sólo hagan lo que él dice sino que piensen lo que quiere y, con frecuencia, para satisfacerlo, que adivinen aun de antemano sus pensamientos. No basta con que lo obedezcan, es necesario que se rompan, que se atormenten, que se maten trabajando en los asuntos de él y luego, que se complazcan con sus placeres, que abandonen los propios gustos por los suyos, que fuercen el propio temperamento, que se despojen de la propia naturaleza: es necesario que cuiden sus palabras, su voz, sus gestos y sus ojos, que no tengan ojo, ni pie, ni mano, que todo esté al acecho para espiar sus deseos y para descubrir sus pensamientos. ¿Es esto vivir con felicidad? ¿Esto se llama vivir? ¿Hay en el mundo algo menos soportable que esto, no digo para un hombre valiente, no digo para un bien nacido, sino sólo para quien tenga sentido común o, aunque sea, aspecto de hombre? ¿Qué condición más miserable que la de vivir así, sin tener nada propio, pendiente de otro la comodidad, la libertad, el cuerpo y la vida?”xiv.

En este largo fragmento, reproducido con la venia del lector, se puede notar la perfecta claridad que poseía La Boétie sobre el significado vocacional del funcionario público en régimen de tiranía. En estos escenarios, tan bien descriptos por él, se desprende con naturalidad la metamorfosis sufrida por una persona que carece de ambiciones personales y se acerca a un tirano cuya capacidad de engullirlo todo y a todos es ilimitada. Pero La Boétie también nos brinda recursos epistémicos para detectar la labor del político que ofrece la imagen insulsa del mediocre, del santurrón o del megalómano, cuya rapacidad no se detiene hasta el momento en que se inmola por el motivo de sus desvelos, es decir el tirano.

Muchas de las grandes dictaduras del siglo veinte presentan las características y la naturaleza perfiladas por La Boétie. En la historia de América Latina es fácil escoger, casi al azar, regímenes dictatoriales que reúnen muchos de los elementos evidenciados en el análisis realizado por La Boétie para su siglo. Nuestro autor, sin embargo, explica el surgimiento de este funcionariado parasitario porque, según él, “quieren servir para tener bienes, como si pudieran ganar algo que les perteneciera, cuando no pueden decir siquiera que se pertenecen a sí mismos”xv. Lo más curioso es que sus reflexiones, cuando se trata de artesanos y campesinos, insinúan intuiciones clasistas prematuras, pero no vislumbra mucho del origen de estos estratos, a los que califica de piratas y vividores, resultado inevitable de la formación primigenia del Estado moderno. Por eso, no está de más recordar que el estudio realizado por La Boétie es de una gran utilidad para comprender la dinámica afectiva establecida entre el tirano y sus secuaces. Pero es limitado cuando se le exige ver por encima de las “lealtades primordiales” y fijarse un poco más en los ingredientes clasistas, que explican y operacionalizan la opresión sistematizada desde la tiranía la cual, como hemos visto, no es únicamente producto de las volutas antojadizas de una sola persona.

 

V

La Boétie sugiere tres niveles de acercamiento afectivo al tirano, los cuales tienen muy poco que ver con el resbaladizo horizonte institucional donde reposa la tiranía misma. Rara vez el tirano cuestiona la tradición, porque ésta le sirve y lo protege. Se arriesgará a la pirueta, la pose y el exhibicionismo narcisista cuando aquella esté bien asegurada. Si hay algo que el tirano tiene bien claro es la diferencia práctica entre su personaje y la realidad política e ideológica que lo sostiene. Por eso evita mezclar ambas en todo momento de su vida. La vida pública y privada no puede, ni deberían cruzarse, nos dirá ciertamente convencido. Cuando se confunde con el personaje estamos en presencia de su locura. Algo muy frecuente en la antigua Roma, según nos recuerda La Boétie.

En primer lugar está la obediencia, luego la sumisión y finalmente la total pérdida de identidad personal, la servidumbre, a la que La Boétie mira como la cosa más horrible que le puede suceder a cualquier persona. Para nuestro autor, los campesinos y los artesanos se encuentran atascados entre el primero y el segundo nivel, pero nunca alcanzan el tercero no por que no lo deseen o lo sueñen siquiera, sino porque los monigotes al servicio del tirano se han encargado de diseñar los instrumentos que harán imposible acercársele sin modificar la institucionalidad, la tradición y las buenas costumbres, a las que tanto respeta el tirano. Tales instrumentos son, nos lo dice otra vez La Boétie, la comodidad, la libertad, el cuerpo y la vida de los supuestos servidores incondicionales, esto es, sus siervosxvi.

 

VI

Los cuatro vórtices de una vida de servidumbre, mencionados al final del párrafo anterior, cuando la existencia de una persona se dibuja a partir de los caprichos y de los antojos de otro, en nuestro caso del tirano de turno, son, al mismo tiempo, la promesa irreparable de una vida independiente, libre y productiva. Debido a que La Boétie no piensa en el tirano como una expresión concreta y limitada del Estado totalitario, sino que se lo imagina como aquel con la buena fortuna de llegar a construir su tiranía, en base a la elección popular, o por la fuerza de las armas, o por sucesión de su estirpexvii, es posible establecer que su razonamiento atribuye a la tiranía una naturaleza fortuita, azarosa y compleja, pero en la que no cabe una explicación genético-evolutiva de sus orígenes.

Preocupado por explicarnos mucho de la psicología del tirano, por buscar ejemplos y detallarnos sus análisis sobre los instrumentos utilizados por aquel para sostenerse en el poder, La Boétie no dice nada, o muy poco, sobre la maquinaria del Estado, el sustrato social, económico y cultural que lo ha hecho posible. No es válido argumentar insuficiencia teórica en virtud del siglo que lo vio nacer, pues otros pensadores, considerados más o menos sus contemporáneos, como Maquiavelo (1469-1527)xviii, ya habían elaborado algunos elementos de filosofía política, para tratar de comprender, precisamente, eso que tanto atrajo la atención de La Boétie, es decir, el ejercicio ilimitado del poder. La diferencia esencial entre ambos autores estriba en que para este último, el ejercicio de la servidumbre al tirano tiene implicaciones éticas y personales consumidas en la individualidad con que la persona construya su independencia y su libertad.

Queda demostrado, pues, que la libertad es natural y, por la misma razón, a mi juicio, que hemos nacido no sólo en posesión de nuestra independencia sino también con inclinación a defenderla”xix. ¿Cómo?, eso nunca lo explica. Se limita a sugerir que la única forma de tumbar al tirano es por medio de la indiferencia y de la desobediencia. En el caso de Maquiavelo, para el quehacer de la política, la ética es un producto derivativo, por el cual no es necesario sacrificar los resultados que la primera pueda garantizar cuando se trata de la gestión y del ejercicio del poder. Porque si a Maquiavelo le interesan sobre todo las posibilidades del poder, a La Boétie también, pero impidiendo a toda costa que el tirano se lo engulla todo. No le teme a las jerarquías, le teme al tirano. Al contrario de Maquiavelo, quien sí le teme a las jerarquías y no al tirano.

 

VII

Todopoderoso, el tirano en La Boétie, pareciera estar por encima del bien y del mal. Justo detrás de las tres posibles vías que lo han conducido al poder, no se encuentra más que su propia fuerza interior para hacerse con el poder, como les ha sucedido a figuras del calibre de Julio César, de los Treinta Tiranos de Atenas o de algunos de los más excelsos psicópatas romanos ya referidos. Los grupos sociales que se ubican detrás de ellos para sostenerlos y reproducir su dominación, son asumidos como un escenario posible entre muchos otros; de tal manera que, según se ha visto, no remontan su propia caricatura. El poder económico, convertido en el soporte material de la tiranía no tolera, para La Boétie, otra explicación que aquella en la cual solo predomina la mezquindad y la ambición por acumular bienes materiales, de parte de quienes juegan el triste papel de corifeos del tirano.

El programa ético de La Boétie está por encima de las condiciones sociales, políticas, económicas e históricas que explican el surgimiento del tirano y de su tiranía. “Por eso, ciertamente, el tirano no es amado ni ama jamás. La amistad es palabra sagrada, es cosa santa, nunca se da sino entre gente de bien ni se establece sino gracias a una mutua estima, se conserva no tanto con beneficios sino con una vida buena. Lo que hace que un amigo confíe en el otro es el conocimiento que tiene de su integridad; los garantes que de ellos tiene son su buena naturaleza, la fe y la constancia”xx. El tirano, “hallándose éste por encima de todos y no teniendo compañeros, está más allá de los límites de la amistad, que tiene su verdadera fuente en la igualdad”xxi.

Mas resulta que la supuesta asepsia del tirano nunca estuvo en relación directa con la impunidad de la que venía investido por la naturaleza de su cargo. De acuerdo con Maquiavelo, lo más importante es tomar el poder y conservarlo. Para La Boétie, adicionalmente, es el ejercicio del poder el que resulta contaminante, tóxico en todas sus expresiones. De aquí que la impunidad pase a ser algo así como una especie de comodín, al cual acuden todos aquellos vinculados al poder a través del tirano. En la medida en que éste se conserve limpio, clínicamente desintoxicado de las pequeñas miserias cotidianas de la gran mayoría de los seres humanos comunes y corrientes, podrá ubicarse por encima del bien y del mal, de la moral convencional, y de las leyes y legislación al uso. La supuesta divinidad que le es atribuida, por obra y gracia de sus seguidores más fieles y feroces, reposa sobre una impunidad jamás negociada, nunca condicionada, siempre expuesta a la revitalización cotidiana, cada vez con más rituales, más artificios ideológicos y culturales, más histrionismo rebuscado. El tirano siempre tiene a la mano todos estos instrumentos que hacen posible la vasta envergadura de su tiranía.

 

VIII

Por eso el tirano nunca tiene amigos sino cómplices, dice La Boétiexxii. La impunidad en todas sus expresiones posibles, tales como la impunidad ideológica, cultural, criminal; es decir, la omisión, el silencio, el guiño empático ante las acciones del asesino y del ladrón, necesitan de una estructura institucional y mental, ética y política de tales dimensiones que solo una amplia y sostenida comunidad de catecúmenos mohosos y constreñidos por su propia historia criminal hace posible. La tragedia de esta cuestión, apuntaba La Boétie, es contar con la habilidad para sostener indefinidamente la atmósfera moral, jurídica e institucional que la hace posible. Durante y luego de la Revolución Francesa del siglo XVIII, uno de los grandes retos de los jacobinos fue precisamente darle vida y vitalidad a la opresión, encontrar los recursos indicados para justificarla, no tanto en el largo plazo, sino sobre todo en el corto plazo. La mayor parte de las tiranías operan con un sentido del futuro en el cual realmente no creen, pues lo vislumbran como una posibilidad muy remota. Salvo que su sentido de la realidad se encuentre muy desarrollado ahí donde entra a jugar un papel fundamental el futuro, el mañana. Pero le venden a la gente, a sus allegados, aquellos que los sostienen en el poder, y legitiman su impunidad histórica, la idea de un milenio promisorio, un futuro repleto de delicias sin límite, con la plena consciencia de la estafa que están fraguando. De tal forma que los favoritos del rey malo, terminan devorados como la polilla por el encanto iluminado y fantasioso de la llama que ardexxiii.

 

IX

El pueblo espontáneamente no acusa del mal que padece al tirano, sino a quienes lo gobiernan: los pueblos, las naciones, todo el mundo a porfía, hasta los campesinos, hasta los labradores, saben sus nombres, descubren sus vicios, amontonan sobre ellos mil ultrajes, mil villanías, mil maldiciones; todas sus oraciones, todos sus votos van dirigidos contra ellos; todas las desgracias, todas las pestes, todas sus hambrunas se las achacan y si alguna vez les rinden, por cumplido, un honor, al mismo tiempo los maldicen en sus corazones y sienten hacia ellos un horror más profundo que hacia las bestias salvajes”xxiv.

Era difícil encontrar una mejor forma de expresar el odio de los pueblos hacia la incompetencia, el avasallamiento, la expoliación y el maltrato procedente de sus gobernantes. Humillar, ridiculizar y caricaturizar las esperanzas de los pueblos es uno de los grandes crímenes en que pueden abalanzarse el tirano y sus favoritos. Pero La Boétie es enérgico en su distinción, como lo hemos indicado varias veces, entre el tirano y sus sirvientes. Al establecer una disociación operacional entre tirano y gobernantes, La Boétie da un salto metodológico fundamental hacia los conceptos de dominación y hegemonía que luego en los siglos siguientes, desarrollarían a cabalidad teóricos y escritores del calibre de Antonio Gramsci (1891-1937). Pero la insinuación de La Boétie no libera de responsabilidades al tirano, principal artífice de los desmanes en que caen los gobernantes, sus cómplices directos, protegidos por un aura de impunidad de su propia arquitectura. Es aquí donde se encuentra la mayor cercanía de La Boétie hacia un análisis clasista del poder. Por qué no dio el salto cualitativo en esa dirección es un tema que le pertenece a los ejemplos y casos por él estudiados, para ejemplificar sus críticas a la tiranía y al tirano.

 

 

Segunda parte de SUMISIÓN Y REBELDÍA EN ESTEBAN DE LA BOÉTIE (1530-1563)

Este será el estudio preliminar que acompañará una nueva edición de la obra de La Boétie, publicada en el 2015 por Ediciones Nadar, Santiago de Chile.

Continuará en el próximo número de la revista

Primera parte del ensayo en: http://revista.escaner.cl/node/7491

 


 

Rodrigo Quesada Monge: Historiador (1952), escritor y catedrático costarricense jubilado de la UNA-Heredia-Costa Rica. Premio (1998) de la Academia de Geografía e Historia de su país. Su última obra se titula Anarquía. Orden sin autoridad (Santiago de Chile: Ediciones Eleuterio. 2014).

 

Imágen es de dominio público (libro de 1892) obtenida desde http://reflexionesmarginales.com

 


 

Notas

i Esteban de La Boétie. Discurso sobre la servidumbre voluntaria (Buenos Aires: Libros de la Araucaria. Colección La Protesta. 2006. Edición, traducción e introducción de Ángel J. Cappelletti). P. 59.

ii Ibídem. P. 60.

iii Ibídem. P. 63.

iv Ibídem. P. 62.

v Ibídem. P. 64.

vi Ibídem. P. 65.

vii Ibídem. P. 67.

viii Ibídem. Loc. Cit.

ix Ricardo Flore Magón. Tiranía y pueblo. Revista Regeneración.

x La Boétie. Op. Cit. P. 77.

xi La Boétie. Op. Cit. P. 74.

xii Ibídem. P. 77.

xiii Ibídem. P. 80. a

xiv Ibídem. Pp. 80-81.

xv Ibídem. Loc. Cit.

xvi Ibídem. Loc. Cit.

xvii Ibídem. P. 49.

xviii Sidney Anglo. Machiavelli. A Dissection (New York: Harcourt, Brace & World. 1969) Capítulos 1- 7 y 9.

xix La Boétie. Op. Cit. P. 46.

xx Ibídem. P. 86.

xxi Ibídem. Loc. Cit.

xxii Ibídem. Loc. Cit.

xxiii Ibídem. P. 87.

xxiv Ibídem. P. 89.

 

 

 

Escáner Cultural nº: 
174

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