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ISSN 0719-4757
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SUMISIÓN Y REBELDÍA EN ESTEBAN DE LA BOÉTIE (1530-1563)i

 

Rodrigo Quesada Mongeii

 

Introducción.

Esteban de La Boétie es de esos autores a los que hay que leer y releer constantemente. Su reconocido texto Discurso sobre la servidumbre voluntariaiii, presenta todas las condiciones, textura y seducción para hablar, reflexionar y escribir largo y tendido sobre su contenido, sus provocaciones y la enorme cantidad de preguntas que nos heredó. La grandeza de este trabajo reside, a pesar de sus modestas dimensiones (ligeramente remonta las sesenta páginas), en la sabiduría con que las grandes interrogantes, sobre el poder y la autoridad, fueron planteadas por un joven La Boétie quien, con sus frescos y viriles diecinueve años, nos transmitió un retablo insuperable sobre las grandezas y miserias de los seres humanos en condición de sometimiento.

En este pequeño ensayo se encuentran las semillas de los complejos edificios teóricos que se avecinaban, en los que se reflexionaba sobre la dictadura, la tiranía, la opresión, la sumisión, la guerra, la violencia y esa penosa vocación hacia la “servidumbre voluntaria” de la mayor parte de la humanidad. Las herramientas hermenéuticas y metodológicas más importantes están en este trabajo, al servicio de la evaluación de los distintos mecanismos utilizados por las personas, con el fin de ejercer el poder de forma ilimitada, para la organización de las instituciones que cumplen su papel opresivo legítimamente, de los tiranos y de los ejércitos de ideólogos, militares, funcionarios y clérigos, que son requeridos para que la autoridad y el autoritarismo tengan y reproduzcan esa aura de misterio que siempre los ha caracterizado a lo largo de la historia.

Este es un ensayo que no acaba de sorprender, no tanto por haber soportado el peso de los siglos, sino también porque su carga de intuiciones no es coherente con la juventud de su autor. A pesar de la defensa, noble y generosa, que hiciera en su momento Michel de Montaigne (1533-1592), del joven autor y de su pieza maestra, única e irrepetible, no dejan de circular las consejas que han propalado el buen decir de que se trata no de un solo autor, sino de varios. Ha sido necesaria la genialidad inefable de una sola persona, para que la masa humana se apropiara de sus quehaceres y lo convirtiera en leyenda anónima, debido a la profundidad de su sabiduría y de sus enseñanzas. Tal cosa sucedió, como todos saben, con Homero (siglo IX AC) y con Rimbaud (1854-1891). La Boetié no podía ser la excepción.

A medida que se lee el texto y el lector se va internando en la claridad diáfana de su oferta humanística, puede percatarse de su brillante modernidad. No sólo se encuentran en él, las primeras revelaciones del pensamiento liberal, sino también los ingredientes indiscutibles del humanismo que definiría casi la totalidad de la factura cultural del siglo dieciocho, el siglo de la revolución francesa. No en vano el siglo diecisiete lo ignoró, pues, junto con el anterior, aquel en el que vivió y murió nuestro autor, son los siglos por excelencia de la monarquía absoluta. Y nadie pudo ser más reticente a ella que Esteban de La Boétie.

En esta ocasión vamos a tratar, en tres partes, de abordar este acercamiento a su sorprendente ensayo, compartiendo con el lector, una lectura nuestra en la que se busca reactivar las electrizantes intuiciones del autor y su vigorosa presencia en una modernidad todavía contrita y asfixiada de tantos afanes de autoritarismo y opresión. Las tres unidades que proponemos son las siguientes:

 

1. Servidumbre y obediencia.

2. Servidumbre y sumisión.

3. Servidumbre y rebeldía.

 

Servidumbre y obediencia

 

I

Los siglos quince y dieciséis, los de la transición hacia la modernidad capitalista y burguesa, no tomaron por sorpresa a Etienne de la Boétie. El siglo XVI en particular, reúne los ingredientes requeridos para definirlo como uno de los más ricos en todos los órdenes competentes al crecimiento y la expansión del Renacimiento. Tal riqueza, la cual se instrumenta en la ciencia, el arte, la filosofía, la religión, la política, la literatura y la arquitectura, reposa sobre una aparato institucional que ubica un pie en las lealtades primordiales del feudalismo en franco y abierto período de crisis, y una modernidad burguesa bamboleante, frágil e insegura, sostenida sobre una concepción de las relaciones entre los seres humanos, que fustiga el centralismo autoritario de reyes y príncipes, pero legitima una libertad poco expedita, sujeta prematuramente al voluntarismo del dinero y de los adinerados. El tránsito del trabajo servil al trabajo asalariado, todavía tendrá que esperar un largo capítulo de guerras campesinas, de guerras de religión, el descabezamiento de varios monarcas, la articulación del más grande de los imperios que haya conocido la historia, el imperio español, y una jerarquización del poder, la autoridad y el orden, como pocas veces se ha visto.

 

II

Cuando Etienne de La Boétie intenta explicarnos la más incomprensible perversión de todas, “la servidumbre voluntaria” que hace posible la tiranía de una sola persona sobre miles, en realidad él no ataca el principio básico de la delegación de la autoridad. Para él, el posible peligro procede de mostrar excesiva confianza, o gratitud, hacia el soberano, como si se tratara de una gratificante amistad privadaiv. “Nuestra naturaleza es tal que los deberes ordinarios de la amistad insumen una buena parte del curso de la vida. Es razonable amar la virtud, apreciar las buenas acciones, reconocer el bien allí donde se ha recibido y empequeñecerse muchas veces de buen grado para aumentar el honor y el provecho de aquel a quien se ama y lo merece. Así, pues, si los habitantes de un país hallaron un alto personaje que les demostró gran previsión para cuidarlos, gran valentía para defenderlos, gran cuidado para gobernarlos, y si, desde entonces en adelante, se comprometieron a obedecerlo y a fiarse de él tanto como para concederle ciertas ventajas, no sé si sería sabio sacarlo de donde obra bien para empujarlo adonde pueda hacer mal, y si no sería, por cierto, conveniente dejar de temer un mal de quien no se ha recibido más que bien”v.

A los desenfrenos, la soberbia y la incredulidad de los humanistas del siglo XVI los cobijó “el estado como obra de arte”, según nos contaba el gran historiador suizo Jacob Burckhardtvi, para que el humanismo como forma de vida, de visión del mundo y de la práctica de las artes del buen gobierno se abriera sitio en un conglomerado de ciudades-estado en las que la obediencia, como principio rector de la política, era el sustrato del cual partía y al cual llegaba la imaginación, la controversia, la intriga y el hieratismo de los hombres de estado.

Pero, bien o mal, la obediencia era el resultado de una pacto, de una forma de acuerdo mediante el cual el gobernado cedía parte de su libertad, para “obedecer” las disposiciones, decisiones e iniciativas tomadas por el gobernante, a quien, además, se le concedía un margen de maniobra que no podía remontar el perímetro establecido por los concesionarios de su autoridad. La crítica contra los humanistas, a finales del siglo XVI, de la cual nos habla el historiador suizo arriba mencionado, se activa a partir del momento en que a los mismos se les ocurrió aconsejar al gobernante sobre la posibilidad real de que remontara el perímetro referido, con lo que devenían en tiranos a quienes sus consejeros, los humanistas, acuerpaban con su supuesta sabiduría, las más de las veces adquirida en los libros, la conversación y los viajes.

 

III

Cuándo se daba el salto de la obediencia a la servidumbre era uno de los temas que más seducía a La Boétie, no tanto porque le interesara retratar al tirano, sino porque en este salto se encontraba, precisamente, la diferencia fundamental entre la monarquía y las otras múltiples formas de gobernar. Él pensaba que “aunque no quiero, por ahora, discutir la tan agitada cuestión de si las otras formas de gobierno son mejores que la monarquía, desearía, con todo, saber, antes que dudar del rango que la monarquía debe tener entre los gobiernos, si realmente le corresponde algún rango, porque es difícil creer que haya nada de público en este gobierno en el que todo es de uno”vii. Pero la autoridad concesionada del monarca, ya sea por medio de pactos de sangre, institucionales, tradicionales o por simple inercia, no estaba en cuestión. No eran sus posibles recursos intelectuales, económicos, emocionales o sexuales los que estaban en entredicho.

La potencia del monarca para hacerse obedecer, los instrumentos con que pudiera contar en un momento específico, genéticos, históricos o coyunturales, no estaban siendo sometidos al escrutinio de la crítica de La Boétie. A éste lo sorprendía, y eso es lo que quería averiguar, por qué, en un determinado instante, los seres humanos pasaban, casi sin darse ni cuenta, de la obediencia a la servidumbre. Nos dice con franqueza: “En esta ocasión no quisiera sino averiguar cómo es posible que tantos hombres, tantas villas, tantas ciudades, tantas naciones aguanten a veces a un tirano solo, que no tiene capacidad de dañarlos sino en cuanto ellos tienen capacidad de aguantarlo, que no podría hacerles mal alguno sino en cuanto ellos prefieren tolerarlo a contradecirlo”viii.

La vigencia de este asunto es asombrosa. Podrán haberse modificado las circunstancias históricas que hicieron posible esta clase de reflexiones, pero el vigor analítico y la invocación de las preguntas correctas, que permanecen sin respuesta satisfactoria, es un asunto que no se agota en la magia factible de poder plantearlas, sino en que nos ha dejado, a los hombres y mujeres del siglo veintiuno, colgando de las mismas dudas que el joven La Boétie tuviera en su momento. ¿Dónde reside el solaz de la escogencia entre autoridad y servidumbre? ¿Por qué los seres humanos, individualmente y en grupo, se pueden encontrar con el dilema de tener que discriminar entre obediencia y servidumbre? ¿Por qué la artesanía de una y otra, en los hechos, en la vida cotidiana, se les pasa casi inadvertida? ¿Lo hacen consciente o inconscientemente? Es incuestionable que el libro de La Boétie es grande por la cantidad de preguntas, dudas y pistas que nos legó; no tanto por sus respuestas.

“Los mismos pueblos pues se dejan, o mejor, se hacen devorar, ya que con dejar de servir estarían a salvo; el pueblo se sujeta a servidumbre, se corta el cuello y, pudiendo elegir entre ser siervo y ser libre, abandona su independencia y toma el yugo, consiente en su propio mal o, más bien, lo persigue”. En la justa medida de una “desobediencia civil” prematura, La Boétie nos sugiere, ya desde el siglo XVI, no atender los requerimientos civiles, militares y financieros del gobernante. Bastaría con desobedecer para percatarse de la tremenda cadena de consecuencias políticas, culturales, civiles y militares que dicha decisión podrían detonar. Pero no es un asunto de cobardía, nos recuerda, que la desobediencia para transmutarse en autoridad civil deba desmontar el entramado gestionado por la obediencia al gobernante. Entre desobediencia y obediencia media la autoridad, su instrumentación institucional, el pacto social y político acordado entre gobernantes y gobernados. De tal manera que, para romper el ciclo entre una y otra, muchas veces fortalecido por la dictadura y la tiranía, el pueblo debería desconocer la autoridad. Pero La Boétie no nos habla absolutamente nada de esto. Aún así la intuición es genial, pues anuncia un conjunto de reflexiones en torno a la naturaleza del estado y del gobierno, que tendrán ocupados a los teóricos de la política durante los próximos doscientos años.

 

IV

Según La Boétie “para tener libertad no hace falta más que desearla, si no se necesita más que un simple querer”ix, una afirmación que la historia del siglo veinte hará saltar en pedazos. Si, en apariencia, con este argumento, el texto de La Boétie pasa por encima de siglos de revoluciones, protestas populares, persecuciones y duros enfrentamientos de clase, no pareciera ser un asunto que lo apure rematar, dado que en realidad le preocupa demostrar la inutilidad histórica de la tiranía y de las dictaduras en sus diversas formas. Para La Boétie los problemas de la obediencia, de la desobediencia, del autoritarismo y de la servidumbre son eminentemente problemas morales, que se solucionan con los buenos deseos y la desatención de las masas. No hace falta que nadie conduzca, oriente o dé dirección a los deseos enardecidos del pueblo civil por deshacerse del dictador de turno. Basta con desearlo. Pues resulta que, la revolución inglesa del siglo diecisiete, la revolución francesa del siglo dieciocho y la revolución bolchevique del siglo veinte, demostraron de forma abierta y contundente que no son suficientes los buenos deseos guardados en nuestro corazón, para acabar con las tiranías.

“¿Se hallará en el mundo una nación que la considere todavía demasiado cara (a la libertad), cuando la puede lograr con un solo deseo, que se niegue a querer recobrar un bien que debería rescatar al precio de su sangre y cuya pérdida hace que todo hombre de honor considere desagradable la vida y la muerte deseable?”x. Ante los ojos deslumbrados de los hombres y mujeres del siglo veinte, esta clase de sustanciación de la desobediencia civil, podría ser poco menos que ingenua; más bien ilusa y remotamente práctica. Sin embargo, tiene una energía instrumental trémula y palpitante en las grandes luchas del siglo veinte, como aquellas emprendidas por hombres del calibre de Mahatma Gandhi (1869-1948), en favor de la independencia y de la libertad de su país, la India. Para La Boétie, si al tirano se le corta su fuente nutricia más vital: la obediencia servil, entonces, no es de extrañar que se tambalee en el poder y se desplome ruidosamente. “Los tiranos, cuanto más roban, más exigen, más arruinan y destruyen, más se fortifican y se hacen continuamente más robustos y vigorosos para aniquilarlo y destruirlo todo, pero si no se les da nada y no se los obedece, sin combatirlos ni golpearlos quedan desnudos y deshechos y no son ya nada, como cuando la raíz carece ya de jugo o alimento y la rama queda seca y muerta”xi.

 

V

No debería asombrarnos encontrar en el texto de La Boétie, en el siglo dieciséis, un aparato de intuiciones tan magistral, pues estamos en el punto de despegue de la revolución científica, la cual, hasta bien entrada la segunda parte del siglo siguiente, le cambiaría el rostro a la humanidad, en lo que compete a sus prácticas científicas, sus métodos y sus técnicas; sin dejar, para gloria de un futuro repleto de inventos y nuevos descubrimientos, el trazo establecido por la magia, la hechicería y la brujería, caldo de cultivo de las metáforas más hermosas que conozca la historia de las ciencias.

Pero La Boétie, cinco siglos después, continúa dándonos motivo para el desencuentro. No hay nada diferente en el tirano, que el pueblo llano deba encontrar excepcional o digno de misterio, adivinación o encomio. Un tirano es un ser humano común y corriente. Quienes hoy en día quieren vendernos la conseja de que el dictador austriaco Adolf Hitler (1889-1945), quien redujo el mundo a cenizas en solo doce años, poseía poderes especiales, debería leer con cuidado a La Boétie, pues tiene mucho que remediarles. “El que tanto os domina no tiene más que dos ojos, no tiene más que dos manos, no tiene más que un cuerpo, y no tiene nada que no tenga el hombre más humilde de entre el gran e infinito número de los que habitan nuestras ciudades, a no ser la ventaja que vosotros le concedéis para que os destruya”xii.

Otra de las grandes preocupaciones historiográficas de los historiadores profesionales del siglo XX ha sido, precisamente dónde establecer los límites, el horizonte que autoriza a un tirano como Hitler, a conducir a uno de los países más civilizados de Europa, al borde del cataclismo de su propia destrucción. La industrialización de la muerte, y la bestialización del trabajo que se dan en los campos de concentración y de trabajos forzados, tanto en la Alemania nazi, como en la Rusia de Stalin (1879-1953), tienen a una masa cómplice detrás de ellos, silente, acomodaticia, y capaz de cubrirle sus crímenes al tirano, para bien de sus mitos, sus liturgias y sus creencias más enraizadas. “¿De dónde ha sacado tantos ojos con que os espía, si vosotros no se los distéis? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearos, si no las toma de vosotros? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿de dónde los saca sino de los vuestros? ¿Cómo se atrevería a convocaros a la guerra si no estuviera de acuerdo con vosotros? ¿Qué os podría hacer, si no fuerais encubridores del ladrón que os saquea, cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos?”xiii.

 

VI

Combatir al tirano, para recuperar la libertad, la independencia y la dignidad, con los medios propuestos por La Boétie, anunciaba una forma de hacer política que, en apariencia, como ya hemos indicado, podría producir en muchos la impresión de que se trataba de un enfoque sumamente simple, bondadoso y sin gota alguna de violencia; pues en el texto de nuestro autor no se da el mínimo trazo evocativo de un desplome violento del tirano que nos acongoja y oprime. La Boétie no propone una determinada forma de organización; una estrategia; una táctica elaborada para tumbar al tirano. No piensa en la articulación de las masas, de las multitudes civiles, las cuales, bajo el liderazgo de una vanguardia específica, de una intelligentsia iluminada, sería capaz de remover al opresor por medios violentos, negociados o traficados con el afán de sacarlo del poder. A Boétie le importa un bledo la conquista de este último. Su argumento es profundamente ético.

En primera instancia, el llamado de La Boétie va dirigido al corazón de las personas, pues cree que basta con dar el paso correcto en dirección a la claridad de la consciencia, para darse cuenta de lo que es capaz el político rapaz, simulador y mentiroso a quien se ha puesto en el poder. Él cita y recuerda a varios de estos grandes actores, negociadores y burladores quienes han pasado a la historia, al mismo tiempo, como grandes políticos, hombres de letras e iluminados consejeros de príncipes y gobernantes en general. La Boétie no argumenta en favor de lo que podría suceder si la suma de miles de consciencias, actuando en consonancia, sería capaz de lograr en contra del tirano. No lo hace porque tampoco argumenta a favor o en contra del miedo, del terror, del pánico, de la tradición, del mito, de la costumbre, de todos aquellos que ven en el opresor a la única tabla de salvación contra el hambre, el desamparo, y la humillación.

Las reflexiones de La Boétie no portan una orientación clasista; su aspiración es puramente humanística. De esta forma, todo aquel que busque en La Boétie una propuesta de naturaleza partidista, estratificada o de índole financiero, puede resultar decepcionado, en vista de que su humanismo está por encima de las modestas fronteras establecidas en las luchas cotidianas de los seres humanos por la alimentación, la vivienda y el oficio. Nunca propuso que al tirano debía cortársele la cabeza. Todo lo contrario: “Resolveos a no servir más y he ahí que ya sois libres. No quiero que lo empujéis o lo tiréis por tierra, sino sólo que no lo sostengáis, y lo veréis, como a un gran coloso a quien se le ha sustraído la base, caer por su propio peso y romperse”xiv.

El humanismo de La Boétie es dialéctico porque le niega al tirano su condición humana y lo convierte, más bien, en una fachada, una abstracción que debe ser eliminada, siempre y cuando los oprimidos logren ver en el espejo de su propia imagen, la posibilidad que ellos tienen de llegar a ocupar el mismo puesto, que aquel a quien se ha removido del poder y de la autoridad sin un gramo de violencia. Toda vez que la tiranía es una ilusión implantada en el corazón de las personas, por aquellos más hábiles para jugar con los espejos y vender imágenes ficticias de poder y riqueza, las cuales sujetan a los seres humanos a sus pequeñas tareas cotidianas, basta con llegar al corazón de los oprimidos y hacerles comprender la naturaleza de su condición, para que la servidumbre ceda terreno y abra espacio a la independencia y a la libertad.

 

VII

“En primer término está, creo, fuera de duda que, si viviéramos de acuerdo a los derechos que la naturaleza nos ha dado y a las enseñanzas que nos imparte, seríamos naturalmente obedientes a nuestros padres, súbditos de la razón y siervos de nadie”xv. El programa libertario que se desprende de fragmentos como este último, traza, incuestionablemente, una ruta moral para todos aquellos a quienes les mortifique la tiranía en todas sus expresiones. Porque la única obediencia a la que La Boétie reconoce como válida, es la obediencia debida a la autoridad moral de los padres. Asimismo, rescata uno de los ingredientes esenciales del humanismo; es decir, sólo es legitima la autoridad de la razón, ahí donde ésta haya sido reemplazada por el instinto y la pasión desenfrenados. Y, finalmente, nadie, por ninguna condición, debería ser siervo de nadie. Todavía menos de aquel con capacidades seriamente limitadas para gobernar, o para ejercer el supuesto derecho divino de imponer la autoridad donde los espacios éticos, espirituales e intelectuales no se pueden llenar simplemente con la fe. Esto hacía que, para La Boétie fuera posible establecer tres clases de tiranos: los que tienen el reino por elección del pueblo, los que lo han obtenido por la fuerza de las armas, y aquellos que lo han recibido por sucesión o estirpexvi. En ninguno de los tres casos la condición moral cobija el resultado de la buena suerte, la eficacia de los actos o la generosa disposición mental del favorecido. Por lo general, el tirano se apropia la mala fortuna que ha tenido la naturaleza material o social, de no haber sabido ponderar a quien concedía sus favores.

Era una regla general, durante el período isabelino, o durante el reinado de Francisco I, así como lo fue en los años en que Carlos V y Felipe II establecían sus alianzas comerciales y espirituales, con los poderes terrenales y celestiales, para ejercer su frágil y cuestionada autoridad, que el poder de la virtud, de la cordialidad, la decencia y el respeto, sufragaba a favor de los privilegiados no porque el beneficio recibido de sus privilegios, estableciera los límites hasta dónde podía llegar aquella autoridad, sino porque dicho poder era la medida con la que se establecía la textura y la validez de tales privilegios. Es decir, el privilegiado lo era en función de la naturaleza misma de los privilegios, no debido a su condición sanguínea, económica, financiera, o moral. De acuerdo con La Boétie, esta situación era sencillamente un insulto al tenor promedio de los seres humanos, quienes terminaban sometidos por dictadorzuelos carentes de las más básicas condiciones de gobierno, y mucho menos para proveerse del poder que los dioses sabían no siempre estaban en consonancia con la provisión moral del beneficiado. “Verdad es, decía, que al principio se sirve obligado y vencido por la fuerza, pero los que vienen después sirven sin pena y hacen con gusto lo que sus antepasados habían hecho por necesidad”.

 

Notas

i Este será el estudio preliminar que acompañará una nueva edición de la obra de La Boétie, publicada en el 2015 por Ediciones Nadar, Santiago de Chile.

ii Rodrigo Quesada Monge (1952), historiador costarricense. Catedrático Jubilado de la UNA-Heredia-Costa Rica. Su último obra se titula Anarquía. Orden sin autoridad (Santiago de Chile: Ediciones Eleuterio. 2014).

iii Etienne de La Boétie. Discours de la servitude volontaire (Paris: Flammarion. 1983. Ed. Gayard-Fabre).

ivYves Castan. Politics and Private Life. En Philippe Ariés and Georges Duby, General Editors. A History of Private Life. Passions of the Renaissance (The Belknap Press of Harvard University Press. Cambridge, Massachusetts and London. 1989. Roger Chartier, Editor. Arthur Goldhammer, Translator) P. 21.

v Esteban de La Boétie. Discurso sobre la servidumbre voluntaria (Buenos Aires: Libros de la Araucaria. Colección La Protesta. 2006. Edición, traducción e introducción de Ángel J. Cappelletti). P. 36.

vi Jacob Burckhardt. La cultura del Renacimiento en Italia (Barcelona: Ediciones Orbis. 1985. Traducción de Jaime Ardal) Vol. I. P. 200.

vii La Boétie (2006). P. 34.

viii Ibídem. Loc. Cit.

ixIbídem. P. 40.

x Ibídem. Loc. Cit.

xi Ibídem. P. 41.

xiiIbídem. P. 42.

xiiiIbídem. P. 43.

xiv Ibídem. Loc. Cit.

xvIbídem. P. 44.

xvi Ibídem. P. 49.


 

Rodrigo Quesada Monge: Historiador (1952), escritor y catedrático costarricense jubilado de la UNA-Costa Rica. Premio (1998) de la Academia de Geografía e Historia de su país. Su obra más reciente es La fuga de Kropotkin (Santiago de Chile: Editorial Eleuterio. 2013).

 

 

Continuará en el próximo número de la revista

 

Imágen es de dominio público obtenida desde Wikimedia

 

Escáner Cultural nº: 
173

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