Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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EL CAMINO DE MILAREPA

 

Por Alvaro Oliva

alvaro_oliva@hotmail.com

 

No cabe duda que nos encontramos en una época violenta donde se justifica el uso de la fuerza, bajo cualquier causa o consigna.

Tal cual aseveró Stephen King;

"Los monstruos son reales, y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan" Esta frase se podría aplicar, diariamente, a la nuevas generaciones que, para generar cambios, recurren a la violencia y la deleitan. Una buena forma de acallar este  ente, que habita en todos nosotros, es conocer la vida  de algunos maestros de oriente que pasaron por la tierra,  hace siglos.

En este caso, es importante referirnos al  gran yogui Milarepa quien vivió sin pertenencias, en los elevados rincones del Himalaya. Este maestro demostró que la pobreza no es una forma de carencia, sino un modo necesario para emanciparse de la tiranía de las posesiones materiales.

Milarepa, nació alrededor del año 1025, en el oeste del Tíbet, cerca de la frontera con Nepal. Su acaudalado padre murió cuando él tenía siete años y la prosperidad de su familia cayó en manos de unos tíos que trataron a Milarepa, su madre y  hermana, casi como a esclavos.

La madre rogó a Milarepa  vengar esas injurias y Milarepa se acercó a la brujería, llegando a dominar las fuerzas destructivas de la naturaleza. Así, con una feroz tormenta, mató a muchas personas,  sin embargo, tras un tiempo, el remordimiento lo abrumó, motivo por el cual se propuso eliminar este mal karma, a través de la iluminación, en vida.

Al igual que el príncipe Asoka que, consternado por las muertes de la guerra  se avocó a la iluminación, Milarepa se hizo discípulo de Marpa, quien lo trató como a un sirviente, durante seis años. En esta oscura etapa, donde Milarepa pretendía exorcizar su mal karma, fue sometido a un régimen severo que lo llevó al borde del suicidio.

 

Tras años de arduo trabajo, Marpa lo preparó para que llevara la vida solitaria de un yogui, trasmitiéndole  sus principales enseñanzas del mahamudra, lo cual le permitió vivir sobre la nieve, vistiendo tan sólo un delgado manto de algodón.

A pesar del conocimiento y de la sabiduría adquirida Milarepa, caía en estados vulnerables relacionados con el bienestar de su familia, que no veía desde hace mucho. Fue así como un día, mientras meditaba en su cueva, se quedó dormido y soñó que volvía a su casa donde veía una triste escena, en la cual vislumbraba los huesos de su madre sobre las ruinas de su casa, una vagabunda que era su hermana y el campo lleno de hierbajos.

Tras la pesadilla, decidió dejar a Marpa y volver a su pueblo donde comprobó que su sueño era la realidad. Fue así que decidió meditar, durante doce años, en una caverna de una montaña remota, hasta alcanzar la iluminación.

Durante ese período, se alimentó sólo de agua  y ortigas. Después de esta experiencia comenzó a aceptar discípulos y a enseñar por medio de sus famosas canciones. Así, tuvo muchos seguidores y benefactores.

Milarepa enseñaba de manera libre, respondiendo con canciones y versos a cualquiera que le solicitara. En una ocasión, cinco monjas jóvenes llegaron a visitarlo en lo alto de las montañas, en la Cueva del Tigre de Senge Tson. Ellas dijeron: “se supone que este lugar, lleno de terror, es un sitio ideal para mejorar la meditación. ¿Es posible que tal cosa sea verdad? ¿Así lo has observado?”. Entonces, Milarepa cantó:

 Obediencia a ti, mi maestro!
Te encuentro tras haber acumulado grandes méritos
y ahora permanezco en el sitio que tu profetizaste.

Es un lugar exquisito, con muchas colinas y bosques.
En las praderas montañosas crecen las flores.
¡En el bosque bailan y oscilan los árboles!
Para los monos, éste es un campo de juegos.
Las aves cantan bellas tonadas.
Las abejas vuelan y zumban
y desde el alba hasta el anochecer los arco iris vienen y van.
En el verano y el invierno cae la dulce lluvia,
la bruma y la neblina cubren todo en el otoño y la primavera.
En este lugar tan maravilloso, completamente solo,
yo, Milarepa, vivo muy feliz,
meditando en la Mente que ilumina la vacuidad.

¡Oh! ¡Qué felices son las miles de manifestaciones!
Mientras más altas y bajas suceden, mayor es mi alegría.
Feliz es el cuerpo que no padece del karma culposo.
¡Muy felices, en verdad, son las innumerables confusiones!
Mientras mayor es el temor, más grande es mi felicidad.
¡Oh! ¡Qué feliz es la muerte de las sensaciones y las pasiones!

¡A mayores angustias y pasiones
más dicha y alegría puede uno sentir!
¡Qué felicidad no sufrir dolores ni enfermedades!
¡Qué felicidad sentir que la alegría y el sufrimiento son una misma cosa!
¡Qué felicidad es jugar moviendo todo el cuerpo
con el poder que surge del yoga!
¡Saltar y correr, bailar y brincar, son aun más fabulosos!

¡Qué felicidad entonar el canto victorioso!
¡Qué felicidad tararear y canturrear!
¡Y qué mayor alegría que hablar y cantar en alta voz!
Feliz es la mente, poderosa y segura,
empapada por el reino de la Totalidad.

La felicidad más extrema
es la emancipación del poder propio.
Felices son las miles de formas, las miles de revelaciones.
Como regalo de bienvenida para mis fieles discípulos,
canto a la felicidad yóguica.

Fue así como este maestro demostró que si no hay una renunciación resoluta y una disciplina inquebrantable todas las ideas sublimes y las deslumbrantes imágenes que exhiben el budismo mahayana y el tántrico no son más que maravillosas ilusiones.

Su estilo de vida es un modelo a seguir, al cual podemos acercarnos, desde este el alejado siglo XXI, cargado de espejismos y de revoluciones que ofrecen una supuesta libertad, pero que en su proceder resultan agresivas y sin sentido.

 

 

Escáner Cultural nº: 
157

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