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ISSN 0719-4757
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MEDITACIONES LIBERTARIAS

EL ESTADO

Por Rodrigo Quesada[1]

El Estado es el principal enemigo del pensamiento y del quehacer de los anarquistas, en cualquiera de sus variantes teóricas y prácticas. Pero también de los liberales y de los neoliberales. La diferencia más cristalina entre ambos enfoques, reside en que, para los primeros, el Estado es el obstáculo mayor para acercar constructivamente la libertad a la justicia. En tanto que, de acuerdo con los segundos, el Estado es el obstáculo más notable en el acercamiento de la libertad a la competencia. Para los anarquistas la libertad y la justicia deberían articular una ecuación operativa con la igualdad, cosa que hace imposible la intervención autoritaria del Estado. Para los liberales, la libertad y la competencia deberían configurar una ecuación con la desigualdad, cosa que facilita parcialmente la intervención regulada del Estado. Por eso los liberales nunca han renunciado totalmente a la participación del Estado, cuando ha sido necesario, pues logra salvarles el pellejo en momentos de crisis económica, social o política.                                          

Si pensamos que a lo largo de unas dos terceras partes de la historia de la humanidad se ha vivido sin Estado, resulta inoperante el argumento de algunos teóricos burgueses según el cual es inimaginable una sociedad sin dicha maquinaria de fuerza, opresión y manipulación[2]. Tales teóricos gustan replicar que el anarquismo es impracticable por utópico, iluso, anti-político y controversial. Para los anarquistas, el razonamiento va por otro lado: lo que resulta impracticable es el Estado, pues la mayoría de sus teóricos han hecho un esfuerzo descomunal para demostrar que la existencia del Estado no reposa sobre la fuerza y los manejos del poder, cuando es todo lo contrario. 

El monopolio del ejercicio de la fuerza es una maldición para el Estado y sus cultores, pues nada puede ser más estúpido que defender la instalación de la dictadura del proletariado, para sustituir a la dictadura de la burguesía, como hacen los marxistas. En estos casos, el anarquista es controversial porque rechaza ambas posibilidades, y por eso se le acusa de impráctico. Dejando de lado al cruel y contundente testimonio de la historia, con relación a las dictaduras, tanto burguesas como proletarias, los anarquistas tienen claridad absoluta, sobre que la mayor aspiración del Estado y sus epígonos es el poder de controlar la vida de las personas en el futuro. 

 Esa es la más luminosa y desorientadora pretensión del Estado en todas sus manifestaciones. Como el anarquismo es la única teoría política que reposa enteramente sobre el valor que se le dé a la libertad, el salto epistémico de la práctica a la teoría ha tenido efectos más demoledores en figuras poco teóricas como Bakunin, de lo que ha sido en figuras más teóricas como Hobbes, Locke, Rousseau o Marx. Tales edificios teóricos, verdaderas maquinas justificadoras de las bondades del Estado, han tenido como eje central una supuesta teoría del contrato social[3].

Tales teorías del contrato social han tenido como aspiración fundamental justificar la legitimidad de las decisiones del Estado, fueran éstas excesivamente autoritarias o no. La aseveración de que el poder del Estado reposa sobre la coerción y no sobre el consentimiento es algo que la mayor parte de las teorías sociales del contrato social aceptan como fundamental, eso las motiva teóricamente. Por otro lado, si el anarquismo es inviable, entonces los trabajos de Locke, Hobbes, Rousseau y Marx otra vez fueron más o menos innecesarios, porque estos autores estaban ansiosos por demostrar que la autoridad del Estado no reposa únicamente en la fuerza. Esta ansiedad estaría justificada y las críticas anarquistas de las teorías del contrato social la habrían reforzado, si tal crítica no refutara tales teorías del contrato social en la forma que todo el mundo conoce. El anarquismo, entonces, es un desafío político fundacional[4].

No quisiéramos hacer una biografía del Estado, pero éste cuando mucho tendrá unos veinte mil años de estar con nosotros, en tanto la especie humana huella el planeta desde hace unos cuatro millones de años. De tal manera que, a todas luces, resulta más que ridícula la insistencia de alguna gente, cuando sostiene que el Estado es una condición natural del desarrollo social y humano. El Estado es un artefacto inventado por los poderosos para legitimar el ejercicio de la fuerza, de la coerción y del poder. Y es con el nacimiento del sistema capitalista y de la civilización burguesa, en el siglo XVI, cuando se empieza a reflexionar teóricamente sobre sus posibilidades reales de legitimación y ejercicio. Antes, desde los estoicos con Zenón de Citio (336-264 AC), en la Grecia clásica, pasando por el pensamiento imperial romano y la moral cristiana medieval, el énfasis se ponía sobre los mecanismos del poder y de la fuerza, y sobre las distintas alternativas para escamotearlos. Es con el Renacimiento y la Ilustración, entre los siglos XVI y XVIII, cuando se diseñan los primeros instrumentos teóricos para analizar el funcionamiento de las instituciones que integran la maquinaria del Estado[5].

Por eso, en realidad resulta fácil sostener que, la historia del Estado es la historia de los ricos y poderosos para legitimar sus esfuerzos, en busca del ejercicio ilimitado del poder. “El Estado está llamado a mantener el orden, y mantener el orden quiere decir mantener a cada cual en su sitio y en su nivel. Mantener a cada cual en su sitio y en su nivel quiere decir hacer que los ricos sigan siendo ricos; los pobres, pobres; y los poderosos, poderosos; los humildes, humildes; quiere decir obligar a la mayoría del pueblo a trabajar para una minoría; hacer que la mayoría obedezca y la minoría mande. La represión y la violencia están, entonces, en la esencia del poder estatal”[6]. Esta cita textual, inspirada en el pensamiento del gran pensador inglés del siglo XVIII, William Godwin, esposo de la brillante feminista Mary Wollstonecraft, padres de Mary Shelley, creadora del mito de Frankenstein, y compañera de Percy Shelley, el conocido poeta romántico, sólo expresa en pocas líneas las verdaderas dimensiones del Estado, como figura jurídica y como maquinaria institucional.

Habría que agregar, sin embargo, que el Estado es una abstracción, es un intangible. No se puede ver, no se puede oír, ni se puede tocar. Esta entidad abstracta no se puede identificar con los gobernantes o los gobernados. Es una corporación, de la misma forma que lo son las universidades, los sindicatos, o las iglesias. Sobre todo es una corporación en el sentido de que tiene para sí misma una “personería jurídica”, lo que significa que tiene derechos y obligaciones y se puede involucrar en varias actividades como si fuera real, de carne y hueso, como si fuera un individuo. Los puntos donde el Estado se distingue de otras corporaciones son, primero, que autoriza a esas otras corporaciones pero solo es autorizada, o reconocida por otras corporaciones iguales a él; segundo, que ciertas funciones (a las que se reconoce con el nombre genérico de soberanía) son exclusivas de sí mismo; y tercero, que ejerce tales funciones sobre un territorio cuya jurisdicción es exclusiva y todo comprensiva[7].

La mayor parte de los estados modernos son el producto de un tremendo temor por el anarquismo, por la anarquía, entendida ésta como idéntica al desorden, al caos. Confrontado con distintas expresiones de la rebeldía, el Estado moderno, en Inglaterra, Francia o España, en los primeros siglos de la modernidad, es decir en los siglos XVI, XVII y XVIII, tuvo que crearse una teoría que lo justificara, y esa fue la teoría del contrato social, según la cual los individuos ratifican un acuerdo para que aquellos que los representen, también tengan el derecho de someterte y disciplinarte, así como de cobrarte impuestos para que la maquinaria de violencia y coerción que es el Estado siga funcionando. Los grandes teóricos del contrato social, gente como Hobbes, Rousseau, Locke y otros, pensaron que era posible esa clase de contrato, siempre y cuando los individuos cedieran sus derechos para que la comunidad sobreviviera. Hasta este punto, la teoría del contrato social podría se compatible con las tesis anarquistas de que toda asociación debería ser de mutuo consentimiento entre distintos grupos de individuos de una determinada comunidad. Sin embargo, en el momento en que la coerción aparece se establece la diferencia sustancial entre uno y otro enfoque. Mucho de la teoría del contrato social, es el resultado de lo que los grandes descubrimientos de los siglos XV y XVI le pusieron al frente a los pensadores y hombres de gobierno de la Europa moderna. Porque varias comunidades indígenas en América no conocieron el Estado y podían funcionar sin éste. Aquí también tiene su origen el pensamiento binario de la modernidad, hombre-animal, razón-pasión, cultura-naturaleza, mediante el cual era fácil sostener que todos aquellos seres humanos que no vivían cobijados por un Estado estaban en condición de animales. La forma de vida de los indios americanos, era algo a lo que los europeos no querían volver[8].

El Estado es en realidad, un racimo de coerciones, inhibiciones y represiones contra las personas, en tanto que individuos, y para las comunidades. En su esencia, las teorías del contrato social, a las que hemos hecho referencia arriba, quisieron, y aún lo intentan, justificar ese racimo de coerciones. Argumentan que sin el consentimiento o sin la concesión de partes del ejercicio de sus libertades, los individuos y los grupos humanos, están expuestos a que los poderosos se aprovechen de ellos y los sometan, cuando en realidad el Estado es la maquinaria sobre la cual se apoya la violencia, la brutalidad y la agresividad de los ricos y los poderosos. Ese argumento ha sido instrumentalizado, tanto por las repúblicas democráticas y parlamentarias, como por las supuestas repúblicas socialistas.

Sin el consentimiento de las masas o de los desposeídos, no es posible el ejercicio de la “democracia proletaria” nos han dicho los marxistas de todos los pelajes. De la misma forma, la democracia parlamentaria, con sus resobados argumentos a favor de la representatividad popular, ha sacado el mejor provecho posible de la ingenuidad de la gente, y la ha metido en el mito de que los “representantes populares” son los defensores más legítimos de sus intereses. Hoy, la gente sabe que el voto es la peor estafa que se le ha vendido a la humanidad. Las elecciones en un país como Costa Rica, cada cuatro años, son el dispositivo más lamentable de que dispone la democracia parlamentaria, porque sus teóricos y defensores saben que, en caso de instalarse el ejercicio directo de la democracia, los llamados representantes populares podrían ser removidos en el acto, cuando legislaran para sí mismos, como lo hacen regularmente.

La coerción de la gente reduce el contenido moral de su vida, reduce a las personas al nivel de objetos inanimados. Buscar sistemáticamente la reducción de las posibilidades de la libertad de la gente, es limitar las posibilidades de los seres humanos como agentes morales de la sociedad. Por eso muchos anarquistas igualan al poder del Estado con la esclavitud. Ambos destruyen la condición de los seres humanos como ejes éticos o centro de acción de las comunidades[9]. Dejan de ser esos ejes éticos, a partir del momento en que son embutidos en una visión de la vida y de la existencia humana, que se sustenta esencialmente en la noción que manejemos, en ese instante, de la jerarquía y de sus posibilidades reales. Existen seres humanos a los cuales les resulta imposible imaginar una vida sin sumisiones de ninguna especie, sin los marcos referenciales que implican las instituciones para darles cuerpo a esas mismas jerarquías. De tal forma que funcionan socialmente siempre, en virtud de lo que les indiquen dichas jerarquías. Y es que el Estado es inimaginable sin una concepción, aunque sea mínima, de la jerarquía, es, por decirlo así, su esencia más preciada, su razón de ser.

El trauma devastador que produce el desplazamiento de esas jerarquías en las estructuras estatales, que han funcionado por siglos, sin ser cuestionadas, puede notarse en obras autobiográficas como la publicada por Kropotkin en 1906[10]. En ella, el conocido príncipe anarquista cuenta la forma y lenta evolución del deterioro de las relaciones serviles, existentes en su país, Rusia, durante siglos. Es acongojante ver y palpar el detalle con que Kropotkin nos narra cómo la vida de su familia, y de los hombres y mujeres que estuvieron a su servicio, se transformaron radicalmente con la abolición de la servidumbre en los años sesenta del siglo XIX. El impacto mental, económico, social y político, de este proceso, sólo empezó a ser realmente valorado, cuando la revolución bolchevique le abrió espacios a la posibilidad de abolir el Estado burgués. Desgraciadamente, esa misma revolución, le abrió también espacios inéditos a una nueva forma de jerarquía que cristalizaría en el estalinismo y en el Estado totalitario soviético. La crisis que asoló a los Estados socialistas, entre los años de 1984 a 1991, fue en realidad una crisis de legitimidad de las jerarquías autoritarias, construidas con esmero, sangre y humillación de sus propios pueblos. En el sistema capitalista, la supuesta democracia burguesa, con la hipnosis electoral cada cuatro años, sostiene y reproduce, regenta y expande la misma crisis de las jerarquías desde hace décadas. Hoy, en el mundo árabe, las revueltas anti-autoritarias, son, precisamente, reacciones contra jerarquías pétreas, apuntaladas a sangre y fuego.

¿Entonces?, la historia muestra de forma incontrovertible que no hay maquinaria político-institucional más detestable que el Estado y las jerarquías que lo sostienen y lo legitiman, sean del signo ideológico que sean. Una cosa es cierta: menos que ningún otro, el Estado capitalista, el Estado burgués, no negociará su supervivencia con otros sistemas socio-políticos, bajo circunstancia alguna, como lo prueba el progresivo control de los espacios de gobernabilidad abandonados por los otrora grupos poderosos- que no clases sociales-, en los antiguos países socialistas, y que hoy sufren una mutación indescifrable: pues no son burguesía, ni tampoco proletariado; más terrible aún, se trata de una nueva aristocracia, con las viejas capacidades de generar nuevas formas de esclavitud, dentro de Estados capitalistas en transición. Más confuso no podía ser el escenario. Pero el Estado burgués tiene su propia lógica, y exige que todo se le someta. Por eso resulta más que ridícula, la supuesta pretensión de algunos socialistas de convertir al Estado en el puntal del combate contra el capitalismo, una distorsión socialdemócrata que no tiene ningún asidero histórico, pues la socialdemocracia siempre quiso reformar al Estado burgués para que el capitalismo funcionara mejor[11].

En el sistema capitalista, así como en las expresiones totalitarias del socialismo, la maquinaria estatal está estrechamente ligada a distintas manifestaciones de la jerarquía y la dominación. Junto a la ineficiencia e ineficacia, casi total, del Estado para darle a la gente seguridad ante los criminales, organizados o no, salud pronta y eficaz, empleo, vivienda, educación y facilidad de transporte, los seres humanos tienden a buscar formas alternativas de organización que han probado ser más “proactivas”, como se dice en inglés, que las torpes y lentas instituciones estatales convencionales. Como estas últimas han sido estructuradas con criterio de verticalidad, es decir, fueron diseñadas para imponer decisiones, no para compartirlas, la horizontalidad les resulta inimaginable, de tal forma que, cualquier propuesta en ese sentido, les huele a subversión. Pero la gente, las personas, saben que cada ser humano es totalmente diferente al otro, por lo tanto, la horizontalidad en la toma de decisiones debería ser un procedimiento articulado para producir resultados inmediatos, pues se salta las distintas etapas burocráticas de los mastodontes burocráticos estatales. Es así como se fortalece la individualidad de cada ser humano, en las discusiones y en la toma de acuerdos compartidos. En estas circunstancias, el Estado solo acude a la represión, a la manipulación ideológica y la cárcel.

El ejercicio del poder debería ir estrechamente ligado al ejercicio pleno de la libertad, pues ésta se convierte en el límite efectivo de aquel. En estos casos, ello solo es posible si la democracia facilita espacios de institucionalidad horizontal, que permitan tal cosa. Todos deberíamos ser gobernantes y gobernados simultáneamente. Si no, se recurre al viejo dispositivo de un ejercicio de la democracia, en el cual son unos pocos los que gobiernan sistemáticamente en su favor. “Como sistemas institucionalizados de dominación, ni el Estado ni el Capital, son controlables. Ni tampoco pueden ser fundidos, o más benignos”. “Entonces la relación entre ambos, solo puede expresarse de la siguiente manera: “Ni explotación sin representación, ni dominación sin representación”[12]. El Estado burgués, más consciente y efectivamente, le vende a las personas el fraude de que los mecanismos de representatividad democrática garantizan sus derechos, cuando las cuotas reales de poder les pertenecen a grupos pequeños, casi siempre ligados a instituciones y empresas que hacen lo imposible por legitimar lo contrario. Hoy, cuando los procesos de globalidad capitalista han contribuido seriamente al deterioro de la vieja maquinaria estatal, en virtud de una democracia burguesa cada vez más cruel y exclusivista, es posible pensar en comunidades multinacionales sin Estado, donde los ejes dictatoriales del dinero han sido desplazados hacia las manos de nuevos circuitos de poder, ejercidos no en aras de una mayor y más profunda libertad, sino en función de una capacidad de consumo ilimitada: es decir, para el nuevo capital globalizado, son las mercancías las que te hacen libre, no la ausencia del Estado, como dirían los anarquistas. 

Es importante recuperar la vieja tesis de que una de las grandes preocupaciones de los anarquistas es la cuestión económica y social, muy propia del siglo XIX y principios del XX. En nuestros días, algunos autores ácratas, siguen creyendo que el asunto con el Capital y el Estado, se agota en la cuestión meramente política e ideológica, y es bien sabido que existen en la actualidad infinidad de organizaciones anarquistas, así como de pensadores, quienes han avanzado propuestas de gran visión para crear alternativas reales, a las redes de poder establecidas por el capital desde su interesado control del Estado. Esto implica ver el anarquismo como una teoría social de inspiración socialista, antes que como, simplemente, una bien intencionada teoría política[13]. Alguna gente sigue creyendo que el anarquismo es solamente una forma de vivir, utópica o no, soñadora o realista, pero después de las jornadas de Seattle en 1999, se devolvió decisivo recuperar la agenda socialista del viejo anarquismo, para el cual la construcción de una sociedad alternativa era su mejor carta de presentación, tanto ante los comunistas de estilo soviético, como ante los neoliberales de línea más dura.

La lucha contra el Estado no puede reducirse a la destrucción de la mentalidad estatista y burocrática. Implica también el enfrentamiento contra los otros dos ingredientes de la ecuación: el Capital y la Iglesia, con todos los ingredientes ideológicos que ésta trae consigo. Desde algunas tiendas del ideario socialista, se escucha la sentencia de que es realista reconocer la relevancia de las iglesias, en el desarrollo social y cultural de países como los latinoamericanos, por ejemplo. Dicha tesis es más bien acomodaticia, por decir lo menos, pues los niveles de distorsión ideológica y cultural a los que ha llevado el acercamiento entre curas, empresarios y burócratas, sigue siendo un problema cuya vigencia no se resuelve con fórmulas hechas.

En este sentido, los anarquistas y sus organizaciones han probado tener una imaginación extraordinaria, al abrir el abanico de alternativas para nuevos sujetos sociales en la lucha contra el Estado y el Capital. La llegada de los ecologistas, de los movimientos gay-lésbicos, del feminismo, de las luchas anti-nucleares en los años sesenta y setenta del siglo XX, así como de las luchas por los derechos civiles en los Estados Unidos, y las más recientes batallas contra la globalización, anunciaban y preparaban la llegada de un siglo XXI en el que la recuperación de las ciudades, de los parques y las plazas se hizo urgente, así como los primeros ensayos exitosos de lo que podríamos llamar “democracia directa”, sin que mediara la patraña electoral, en algunos estados de la unión americana[14], y de la Europa escandinava. Ese paso de la “protesta popular al poder popular” cuadra perfectamente con la toma de fábricas y la reconquista de los barrios en las grandes ciudades de América Latina, como ha sucedido en Caracas, Bogotá, Buenos Aires y Chiapas, en contra de los desplantes autoritarios de dictaduras solapadas que se siguen sirviendo de la democracia burguesa para sus excesos, siempre apuntalados por un Estado corrompido hasta la médula.

Realmente, el Estado como artefacto no es el objetivo por excelencia de las luchas políticas y culturales de los anarquistas, lo es aquel grupo social y humano que lo hace posible, que lo sostiene y realiza todos los esfuerzos posibles para reproducirlo: nos referimos a la burguesía, y a sus aliados históricos, según las circunstancias. Si el Estado como artefacto, insistimos, fuera el enemigo decisivo de los anarquistas, en sus distintas variantes y expresiones, sus luchas se agotarían en desmantelar gobiernos, y aparatos burocráticos y represivos, en tanto que prolongaciones del Estado. Esto diferencia, profundamente, a los anarquistas de los marxistas. Estos últimos creen que los gobiernos son expresiones ineluctables, de carácter institucional, de las maquinarias estatales. Por eso, para los marxistas, es decisivo arrebatarle el poder político a la burguesía, con los medios que sean necesarios. Entre tanto, para los anarquistas lo importante, lo decisivo, es destruir política y culturalmente hablando, a los grupos sociales que hacen posible al Estado burgués.

Se corre un riesgo también, y es que para evitar la estela de corrupción que deja tras sí el Estado, algunos anarquistas han optado por evitar totalmente la lucha político-partidista, todo tipo de organización en cualquiera de sus texturas, y la democracia parlamentaria en sus diversas expresiones. El Estado, considerado por los anarquistas como una enorme maquinaria productora de corrupción, chantaje, oportunismo y arribismo, llega a penetrar de tal manera la vida cotidiana de las personas, que bloquea prácticamente todas las salidas hacia una sociedad igualitaria, solidaria y mutualista, en la que no quepan las jerarquías, los espejos de la representatividad, o los embustes relacionados con la institucionalidad burguesa, para la que cuentan únicamente-hoy en día, más que nunca-, las poses, la propaganda, la publicidad y los falsos heroísmos. El Estado, apuntalado por algunos de sus socios más conspicuos, como lo son la iglesia, las cámaras patronales, los empresarios organizados y algunos sindicatos, tiene que inventarse los mecanismos que le permitan sobrevivir en la modernidad, donde el consumismo, la internacionalización de los mercados, y el serio cuestionamiento de los nacionalismos, han reducido notablemente su esfera de influencia, dejando a la gente de la calle casi sin alternativas, para defenderse contra los depredadores de nuevo cuño que ha engendrado precisamente esa misma modernidad. 

Frente a un panorama tan desolador como el que se ha pintado arriba, alguien podría pensar y sentir que las alternativas son realmente modestas. La acción directa, promulgada por los anarquistas en algunos momentos de la historia, más que en otros (no olvidemos la serie de atentados contra figuras públicas durante los años noventa del siglo XIX), con frecuencia, refleja esos niveles de desesperación. No obstante, aunque el anarquismo no constituye un cuerpo de teoría sustentado en un optimismo iluso y rebuscado, sí configura un amplio abanico de acciones, medios y resultados, que le permiten enfrentar al Estado y sus defensores, sobre la base de que la vida cotidiana de las personas es lo más preciado[15]. De esta forma, la defensa indefectible de la libertad personal frente al Estado, se torna en el dispositivo potencialmente más revolucionario de que disponen los anarquistas. Todo gobierno, en tanto que certera cristalización de las aberraciones del Estado, recoge los más inveterados anhelos de algunos hombres y mujeres por dominar a otros. Por eso, no hay gobierno autocrático que no pueda estar sustentado en supuestas prácticas institucionales de un Estado democrático. Aquí, la diferencia la establece el aparato burocrático e institucional. Los nazis y los estalinistas siempre adujeron razones democráticas para sus prácticas y consignas autocráticas. Esto es importante que la gente lo sepa distinguir, porque el embuste que constituyen las prácticas electorales en las supuestas democracias occidentales, no es más que la legitimación solapada del dominio de unos grupos sobre otros, y el consentimiento espurio de estos últimos. El soporte económico de dicha legitimación lo aporta el sistema capitalista.

Bien lo decía Proudhon, en una de sus intervenciones más lúcidas:

Capital, en el campo político, es idéntico a gobierno. De esta forma, la idea económica del capitalismo, la política de gobierno o la autoridad, y la idea teológica de la iglesia, son tres ideas idénticas, ligadas entre sí de varias formas. Atacar a una de ellas, es lo mismo que atacarlas a todas juntas. Lo que le hace el capital al trabajo, el Estado a la libertad, se lo hace la iglesia al espíritu. Esta trinidad despótica es tan penosa en la práctica como en la teoría. Los medios más efectivos de oprimir a la gente son simultáneamente esclavizar su cuerpo, su voluntad y su razón. Ser gobernado es ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, legalizado, enumerado, regulado, enrolado, indoctrinado, pontificado, controlado, inspeccionado, estimulado, valorado, censurado, encomendado, por criaturas que no tienen la sabiduría ni la virtud para hacerlo. Ser gobernado, es tener que estar en toda operación, en toda transacción, anotado, registrado, contabilizado, impuesto, sellado, medido, moralizado, clasificado, licenciado, autorizado, imprecado, prevenido, prohibido, reformado, corregido, castigado. Todo ello en nombre de la conveniencia pública y del interés general, con lo cual se busca: ser obligado a contribuir, ser escrutado, espulgado, explotado, monopolizado, extorsionado, estrujado, abrumado, decepcionado, robado, y si a uno se le ocurre protestar: reprimido, multado, vilipendiado, apurado, cazado, perseguido, abusado, apuñado, desarmado, limitado, bloqueado, enrejado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido, traicionado, y para cerrar con broche de oro: burlado, ridiculizado, escarnecido, deshonrado y fusilado. Ese es el gobierno, esa es su justicia, esa es su moral[16]. 

 

 


[1] Historiador costarricense (1952). Catedrático jubilado de la Universidad Nacional de Costa Rica. Columnista huésped de esta revista.

[2] A este respecto puede verse el excelente ensayo de  Pierre Clastres. Society Against the State. Essays in Political Anthropology (New York: Zone Books. 1989. Traducción del francés por Robert Hurley y Abe Stein). Sobre todo de las páginas 189 en adelante.

[3] Crispin Sartwell. Against the State. An Introduction to Anarchist Political Theory (State University of New York Press, Albany. 2008) P. 7.

[4] Idem. Loc. Cit.

[5] Algunos detalles de esta historia se encuentran en el valioso ensayo de Max Nettlau. A Short History of Anarchism (London: Freedom Press.1996. Traducción de Ida Pilat Isca) 407 páginas.

[6] Angel Cappeletti. Prehistoria del anarquismo (Buenos Aires, Libros de la Araucaria. Colección La Protesta. 2006) P. 154.

[7] Crispin Sartwell. Op. Cit. P. 28.

[8] Idem. P. 39.

[9] Idem. P. 54.

[10] P. A. Kropotkin. Memorias de un revolucionario (Oviedo, España: KRK Editores. 2005. Traducción de Pablo Fernández Castañón-Uría e Introducción de T.S. Norio) Primera Parte. Infancia.

[11] Cindy Milstein. Anarchism and its Aspirations (AK Press/Institute of Anarchist Studies. UK. 2010). P. 23. 

[12] Ibídem. P. 101.

[13] Marie Fleming. The Anarchist Way to Socialism. Elisée Reclus and Nineteenth-Century European Anarchism (Rowman and Littelfield, USA. 1979) P. 23.

[14] Ver el ejemplo de la “nowtopía” (o “ahoratopía”) en el extraordinario libro de Chris Carlsson. Nowtopia. How Pirate Programmers, Outlaw Bicyclists, and Vacant-Lot Gardeners Are Inventing the Future Today! (AK Press. UK. London, 2008) Ver sobre todo los capítulos 2 y 9.

[15] Nestor Makhno. The Struggle Against the State and Other Essays (Edinburgh, Scotland: AK Press. 1996) Pp. 56-59.

[16] P. J. Proudhon. General Idea of the Revolution in the Nineteenth Century (New York:  Dover Publications, Inc. 2003. La edición original francesa es de 1851. Traducida al inglés por John Beverly Robinson en 1923)  Pp. 293-294. Véase también de Heinz Duthel. Pierre Joseph Proudhon. Political Philosophy (USA. Heinz Duthel, IAC Society. 2010) P. 123. 

Imagen cabecera: Yto Aranda

 

Escáner Cultural nº: 
138

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