Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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La incontinencia que se erige y que no se aguanta las ganas

Por: carlos osorio

clom99@gmail.com

Comienza así un nuevo calvario -así le llama-, su búsqueda identitaria, a sabiendas que, en su caso, se trata del perfecto mito de la evolución del perezoso; porque ya le anda y se urge con todo el asunto de transmitir sus sueños. Su proyecto inmediato lo requiere, se desvive preguntando y conversando con los libros más a la mano, aplicando su particular mayéutica, analizando en ellos a la gente importante de la historia. Que no son tantos –piensa- que tampoco tiene mucho de dónde agarrarse; su padre, en un ataque de celos, quemó casi todos los libros aquella vez que su madre miraba entusiasta y libidinosa las fotos de líderes mundiales, feliz porque resulta que, en su vida, le ha tocado compartir con puros salvajes, e imaginarse ocupar toda su oralidad y experiencia con ellos, la entusiasma.

Al igual que su olvidada madre, está dispuesto a sacrificar todo en aras del deseo, las pilchas, la cama, el perro, la herencia, inclusive los peluches que aún conserva arrumbados en los estantes. Aún siente cariño por cada mono coleccionado durante la solitaria infancia, son su referente y de sólo pensar en abandonarlos, la tristeza, que todavía logra controlar, lo inunda. Hasta a la familia incluyó en este ejercicio de desaseres. Si mucho roce no tiene con éstas minucias -así les llama hoy- es por eso que considera, a como dé lugar y necesario, apartar todo lo que sea sinónimo de decadencia y ruidos molestos que vayan en contra de sus hidalgos proyectos.

Por convicción y ya luego de la austeridad marina, de la soledad que un hombre de mar debe enfrentar en largas y agotadoras jornadas de no hacer nada, de los inacabables y sedentarios castigos que soportó luego de sus extraños comportamientos, del vacío y esfuerzos por controlar la fobia a las mazmorras oscuras que, además, sentía que en ellas penaban, entre que se avergüenza de pertenecer a esta especie de sociedad o ghetto del mal gusto que le toca, también teme a su pasado; y va al grano; se desahoga blasfemando contra esa extraña calaña de tránsfugas y esperpentos de su misma sangre, lambiscones y oportunistas nucleados en las bondades del esmirriado apellido, cortados con la misma y oxidada tijera.

Será su especie de limpieza étnica contra todo lo que huela a clan, porque hasta duda de la honorabilidad de la que se jactan. Fueron tantos y malos momentos bajo el techo familiar que se promete borrar cada rastro, inclusive hasta las insignificantes huellas que los traiga a colación o insinúen: Ya se vale de metáforas, de aquellas que aprendió del extraño capellán que todo los días, principalmente en las noches de aguacero y ante la desnuda tropa, declamaba arengas como si se tratase de parábolas para que lavaran sus callosas manos y cuanta falta acumulada en la eterna travesía sobre el barco y, con el agüita que generosamente cae del cielo, ahí lo han de ver enjuagando todas sus presas que, de algún modo son sinónimo de parentesco.

Y ya que es imposible que la lluvia limpie tanta suciedad y malos ratos vividos, le basta el orín de sus incontinentes riñones para ir meando fotografías, cartas, objetos de valor, libros, muebles, utensilios menores, desde luego, las sábanas que lo acurrucaron toda una vida. Es su propósito y modo para desmarcarse y para mantener incólume la imagen que tanto esfuerzo le ha costado. Será, en definitiva, su borrón y cuenta nueva para nunca más andar arrastrando culpas que no corresponden o a que le saquen en cara, a colación más bien, porque hay que dejar su caradura tranquila, tanto trapito al sol de la, desde ahora, ex-familia, principalmente, para que no le vengan, ya luego, con el cuentito de cuestionarlo en su transito y encumbramiento al tótem de prócer que tanto anhela.

De paso, aprovecha de pasar lista a su historial de hijo pródigo, y ya encarrerado, considera que, éste, es el instante oportuno para reflexionar el por qué detesta tanto a los suyos, sabe que sería largo analizar uno por uno los casos, y esos sí que son verdaderos y truculentos asuntos, sin más lo encuentra una perdida de tiempo, su pragmatismo le ha enseñado a dar vuelta la hoja rápidamente, sólo desliza que ninguno se merece lo obtenido, cuestiona duro y parejo las herencias, las fortunas que han acumulado sin trabajarle ni un día a nadie. No queda ninguno que se salve. Ni la virilidad deja de analizar, son varios los enfermos, que algunos otros pederastas y abusadores, no faltan los que se han violado hasta el gato. En fin, no le cuadran los números y como testimonio de vida, como plusvalía y piso a futuro, encuentra que no le son necesarios, entre más lejitos, sin duda, se verán más bonitos –complementa- como para ir acabando generosamente y de una buena vez  por todas con estos avinagrados.

Comienza entonces su salomónica ceremonia que dejará definitivamente atrás todo lo que interesa mandar al carajo. Y mea sin cesar, a diestra y siniestra, el catre de bronce de cuatro perillas herencia de su padre y que luego su madre dejó para ella solita. Y si allí miguelangelito durmió sus primeros años de querubín e hijo menor, también quedó el recuerdo e imborrables huellas de las excitadísimas batallas campales que su progenitora practicaba todo el santo día con amigos candentes que la visitaban a destajo; como buena y entusiasta anfitriona a-cogía con lujuria a todo lo que se moviera a su alrededor; ni hablar de las esposas con las cuales disfrutaba que la amarraran sus múltiples amantes, quienes desfilaban sin desparpajo con látigos y cadenas para entregarle placer y bacanal. Esas fueron las escenas más fuertes que debió soportar escondido tras del armario que, también para la ocasión, se lleva una meada fenomenal y espesa, era en este arrimo de la tradición europea en donde su padre lo encerraba cuando comenzaban sus desvaríos de carcelero y torturador, más lo mea cuando recuerda la cara de felicidad, de goce y de misión cumplida, que éste le obsequiaba al término de las extensas jornadas que, cariñosamente, llamaba reflexivas y de orientación ideológica.

Sigue meando de lo lindo el par de candelabros de la abuela, que no hacen más que recordarle lo poco lúcida e infeliz que era, que cuando le ganaba la ira, en su ataque y arrebato esquizofrénico, volaban por los aires y había que estar atentos a no llevárselos puestos en la cabeza. Todavía recuerda, con esfuerzo eso sí, el tec cerrado que lo mantuvo aturdido por allá en un hospital público, curiosamente ninguna clínica privada abrió sus puertas; después de una extensa evaluación decidieron mandarlo al psiquiátrico, allí perdió ¡por suerte! -comenta- tres meses de internado y alguna porción de masa encefálica y de cuero cabelludo que según su criterio estético lo hacen lucir más bello pese a que, el tremendo batucazo, acabó con algunas neuronas importantes como las de la sensibilidad y esas cosas, de hecho, pone como ejemplo, hay veces que algunas letras se le amontonan y se tupen disléxicas en la gadgantda y no hay caso, ni siquiera los varios fonoaudiólogos contratados supieron a ciencia cierta a qué se debía la carencia que hoy lo acompaña.

Y moja y remoja los tomos del diccionario enciclopédico empastado, ni las finas biblias con viñetas doradas y cuántos más libros alcanzan a salvarse para ésta su meada triunfal. Recuerda muy bien que sus castigos tenían directa relación con los mamotretos éstos; la comprensión de lectura -decía su educada y exquisita nodriza- lo harían más excelso. Y si se portaba mal, a leer el diccionario pese a la cara de estatua. Que si no comía, a hojear las biblias o en su defecto la guía telefónica. Si no se bañaba, a escudriñar la odisea y la iliada al mismo tiempo. Si no hacía las tareas, vamos revisando los de mecánica popular. Que si lloraba o se reía mucho, déle con la constitución política. Que si gastaba de más, a mamarse los paiper de la escuela de chicago. De allí quizás su rechazo a la lectura. Que si se meaba en la cama, a puro dostoievski y virgilio el pobre. Palabra de dios -jura encabronado- y como muestra fiel a su versión de hombre de su época, con ilusiones y sufrimientos, meará por un buen rato lo que se ponga por delante, y por detrás inclusive.

No se contiene; de las meadas pasó directamente a la bilis cuando encontró arrumbado aquel overol del jardín de infantes, se le vino a la cabeza, mejor dicho se le bajó inmediatamente el recuerdo de las tías párvulas, que por años lo hostigaron sin empacho, viejas crudas, beatas y amargadas a las que encuentra responsables directas de su acontecer por la vida. ¡De su mala educación pues! Si no hay caso, hasta cuando se afeita los pocos pelos asoman por el espejo para solicitarle que rece dos aves marías mientras afila el duro rostro, y si se corta, un padre nuestro, sin demoras, antes que por la herida entre alguna maldad. Fueron ellas además las responsables de inhibirle por muchos años la sexualidad, hasta ya grande andaba con el cuento de la semillita y los pajaritos con los huevitos, convencido que los críos venían volando en patos desde el vaticano, que allí y gracias a quien sabe quién se hacían más bonitos, más angelicales. En un santiamén y ya con la vejiga exhausta y adolorida, dejó bien chorreado y resuelto todo su pasado.

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